Cualquier día, a cualquier hora, en cualquier lugar. Las riñas, peleas y agresiones son paisaje en Bogotá. En las redes sociales circulan a diario cientos de videos de conductores que se bajan a romper los vidrios de un vehículo, de peatones que se enfrentan a puños, amigos que se pasan de tragos y se agreden con botellas. En la capital de Colombia, cuatro de cada 10 homicidios comienzan por riñas o actos que las autoridades llaman “intolerancia”. Se trata, según los expertos consultados para este artículo, de un tema urgente, pero secundarizado y opacado por el crimen organizado, que también desangra a la ciudad.
Entre 2024 y 2025, los delitos asociados a la convivencia aumentaron: la violencia intrafamiliar subió un 10,23% y lesiones personales un 6,32%, según datos de la Policía. Hasta el 25 de abril de este año se registraba un aumento del 3,61% en la violencia intrafamiliar y uno del 5,56% en lesiones personales, con respecto al mismo periodo del año anterior. Asimismo, el número de riñas creció un 3,37% entre 2024 y 2025, de 437.516 a 451.823 casos. Los días más críticos suelen ser las festividades como Navidad o Año Nuevo, los partidos de fútbol o conmemoraciones como el Día de la Madre, celebrado el domingo pasado y que dejó cinco muertos, 31 heridos y 1.487 riñas, según cifras de la Alcaldía.
La violencia cotidiana atraviesa la convivencia barrial. Según la Encuesta Bienal de Cultura Ciudadana de la Secretaría de Cultura, la principal causa de conflictos entre vecinos es sacar la basura fuera de horario o en lugares inadecuados (63,7%), seguido del mal parqueo (61,5%) y el consumo de sustancias psicoactivas (61,3%). Los problemas se dan en un entorno de baja confianza: el 58,1% de los encuestados dice no confiar en sus vecinos y el 73,2% no lo hace en el resto de los habitantes de la ciudad. Además, un cuarto de la población encuestada se siente “poco libre” de expresar su opinión frente a desconocidos en la ciudad, mientras que el 30% dice estar de acuerdo con que portar un arma es la mejor medida para protegerse de la inseguridad.

“Como sociedad no sabemos tramitar conflictos o el desacuerdo sin una agresión”, asegura Laura Suárez, directora del área de seguridad urbana del centro de pensamiento ProBogotá. “Se normalizan discursos machistas y violentos que constantemente circulan en redes. Los vemos como graciosos, pero tenemos un montón de jóvenes de 15 y 16 años que los consumen y creen que el lenguaje violento es normal y se puede aceptar. Entre todos somos cómplices de un discurso que avala la violencia”, resume.
El origen concreto de este tipo de violencia y su intensidad es difícil de explicar, según Daniel Mejía, profesor de la Universidad de Los Andes y exsecretario de Seguridad de Bogotá. “Hay razones culturales, una carga de estrés superior, falta de conciencia sobre las consecuencias de una reacción violenta”. Enfatiza que Bogotá lo vive con más intensidad que otras capitales como Medellín, la segunda ciudad de Colombia, donde los homicidios por intolerancia representan alrededor del 30% del total, o Cali, la tercera ciudad del país, donde representan el 16%.
El secretario de Cultura, Santiago Trujillo, considera que la convivencia no puede analizarse desconectada de las transformaciones sociales de los últimos años. “Cualquier programa que tenga como objetivo mejorar los indicadores de convivencia en la ciudad tiene que comprender de manera holística el contexto. Bogotá ha enfrentado desafíos muy complejos: ha recibido a más de 380.000 víctimas del conflicto armado, entre 590.000 y 800.000 migrantes, alrededor de 8.000 excombatientes”, recuerda, y le suma los impactos sociales de la pandemia y del estallido social.
Por todo ello, para Suárez este tipo de violencia resulta más difícil de abordar que el crimen organizado. Mientras los homicidios asociados a estructuras criminales permiten identificar patrones, territorios y dinámicas, las agresiones derivadas de conflictos personales son impredecibles. “La Policía sabe dónde operan bandas o dónde hay riesgo de sicariato, pero no puede anticipar dónde van a matar a alguien porque se peleó con el tío”, expresa.
En ese sentido, los tres expertos coinciden en que la respuesta puramente policial es insuficiente. “La idea no puede ser meter la policía a las casas”, asegura Suárez, “sino pensar en desarrollar políticas que aborden de manera integral asuntos como la primera infancia, los discursos de odio, la educación e incluso políticas empresariales que aborden la manera en la que las personas se relacionan entre sí”, asegura. Bogotá ha tenido experiencias exitosas en este campo. Durante las alcaldías de Antanas Mockus, a fines de la década de 1990 e inicios del siglo, las campañas pedagógicas y estrategias de cultura ciudadana contribuyeron a reducir significativamente los homicidios. “La ciudad ya demostró que cuando se trabaja sobre el comportamiento social y la convivencia, bajan los niveles de violencia”, dice Suárez.
Con esa intención, la Secretaría de Cultura lanzó el mes pasado Primero la Vida, una estrategia con la que busca enfrentar la violencia cotidiana desde la transformación cultural. El programa incluye intervenciones artísticas en el espacio público, actividades pedagógicas en colegios, trabajo con barras futboleras y encuentros comunitarios para promover la resolución pacífica de conflictos.
Para Mejía, sin embargo, esa dimensión cultural no puede hacer perder de vista la respuesta policial. En su opinión, la Policía ha perdido legitimidad para intervenir en este tipo de situaciones. “Si un policía ve a un par de pelados que se están cogiendo a puñal, piensa: ‘¿Para qué me empapelo? Esta pelea se acaba cuando alguno de los dos caiga herido o muerto, no me meto”. Considera necesario fortalecer los protocolos y permitir el uso de armas no letales para inmovilizar temporalmente a quienes protagonizan las riñas y trasladarlos a centros de protección antes de que el conflicto escale.
La violencia cotidiana, además, afecta con particularidad a las mujeres. Representan el 73% de las víctimas de la violencia intrafamiliar en Bogotá y más de la mitad de las víctimas de lesiones personales. Para Suárez, es el reflejo de una cultura profundamente machista que sigue legitimando la violencia masculina. “Muchos agresores sienten que no va a pasar nada y su entorno lo refuerza”. También cuestiona la debilidad de la justicia en estos casos, especialmente cuando las denuncias dependen casi exclusivamente del testimonio de la víctima. Varios feminicidios registrados este año ocurrieron pese a que las mujeres ya habían denunciado amenazas o tenían medidas de protección.
La mala convivencia es, en el fondo, el otro lado de la seguridad urbana. No responde a economías ilegales ni a disputas entre bandas, sino a la incapacidad de gestionar el conflicto cotidiano sin violencia. Pero puede ser igual de letal. Para Mejía, el problema es que la ciudad ha normalizado estas agresiones. “En Colombia estamos acostumbrados a que haya muertos en riñas o heridos en bares y pensamos que eso no es grave frente a una masacre o un atentado. Pero claro que es un problema de política pública”, afirma.









