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A Juan David Morgan (David, Panamá, 1942) le gusta decir que escribe historias noveladas más que novelas históricas.
"Porque el 90% de los personajes y los hechos que cuento en ellas son reales", justifica el escritor y abogado panameño.
En "La rebelión infinita", su última obra, tampoco le ha hecho falta recurrir mucho a la ficción.
El alzamiento desembocó, hace un siglo, en la proclamación de la República de Tule, un Estado soberano que, aunque efímero, sentó las bases para la autonomía indígena en América Latina.
Pero además de como un intento de reconocer la deuda de Panamá con los pueblos originarios, "La rebelión infinita" se lee como una exploración de la identidad nacional. Una identidad que, según el autor, cuya vasta obra incluye la reconocida "Con ardientes fulgores de gloria", siempre ha estado cuestionada.
Fuente de la imagen, Cortesía de Juan David Morgan
"No somos un país inventado por EE.UU. para hacer un canal. Somos quizá el territorio que primero tuvo identidad propia en América, porque aquí empezó la conquista y la colonia", reivindica.
Juan David Morgan habló con BBC Mundo en el marco del Festival Centroamérica Cuenta, que se celebra del 18 al 23 de mayo en Panamá.

Usted escribe mayoritariamente novela histórica. ¿Por qué decidió especializarse en ese género?
Entre un amigo dramaturgo y yo, que ya había publicado una novela que tenía que ver con la separación de Panamá y Colombia, estábamos investigando para una obra de teatro sobre Varilla, un personaje muy importante en la historia de Panamá, un francés que firmó el tratado original del Canal.
[El ingeniero y militar Philippe Bunau-Varilla representó a Panamá en las negociaciones que desembocaron en el Tratado Hay-Burnau-Varilla de 1903, que concedía el canal y su zona adyacente a perpetuidad a EE.UU., derogado 74 años después con los Tratados Torrijos-Carter].
Al estudiarlo me di cuenta de que yo, que había sido un buen estudiante, era poco lo que sabía de la historia de la separación de Panamá de Colombia.
Eso me decidió a inclinarme por el género de la novela histórica, para enseñarles a los panameños de una forma más amena la historia de su país.
Aunque yo le llamo historia novelada, porque más del 90% de los personajes de mis novelas panameñas y los hechos que cuento son reales.
Su última historia novelada, "La rebelión infinita", versa sobre un levantamiento indígena que ocurrió en su país hace 100 años y que se conoce como la Revolución tule o Revolución guna. ¿Cuán relevante fue aquel alzamiento para la historia reciente de Panamá?
Lo es para una parte de la historia actual de Panamá. Me explico:
Los gunas, originarios del archipiélago de San Blas, aunque hoy la mitad de los 100.000 que quedan viven en áreas urbanas, son un pueblo originario muy interesante, con unas características especiales.
En 1925 se rebelaron contra el gobierno de esa época porque estaba tratando de cambiarles sus tradiciones y costumbres de una forma forzada.
A raíz de aquello obtuvieron una comarca autónoma donde ellos mismos se manejan en ciertos temas, sobre todo de gobierno cotidiano; algo que también benefició a otros pueblos originarios, como los ngobe buglé y los emberá.
Así que fue un episodio importante para la historia de los pueblos originarios, que es donde reside el 90% de la pobreza extrema que hay en el país.
Sobre los gunas dice en el epílogo que son "reconocidos mundialmente como uno de los pueblos originarios más progresistas y más democráticos de América". ¿Qué podemos aprender de su forma de organización y gobierno?
Son profundamente democráticos, sí. Tienen sus sahilas, como les dicen a sus jefes, que son la autoridad de la isla que administran.
Pero cuando se trata de tomar decisiones que afecten a toda la comunidad, se reúnen en los consejos políticos. Y allí las decisiones se toman de una manera totalmente democrática.
Aparte de eso, tienen una característica que es muy extraña en los pueblos originarios: la que manda y es dueña de los bienes es la mujer. Cuando se casan, es el marido guna el que tiene que ir a vivir a casa del suegro y trabajar para él.
En la mayoría de los pueblos originarios, y también en aquellos que no son tan originarios, se tiene a la mujer muy relegada, así que para mí esa característica era muy importante destacarla en la novela.
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Es un relato lleno de intrigas y de personajes de fábula, como el explorador Richard Marsh, quien pasó a la historia como el instigador de la rebelión. ¿Fue ese realmente su papel?
No, todo lo contrario. Cuando él llegó a Panamá ya los gunas habían decidido que iban a la guerra y habían estado haciendo los preparativos.
Lo que hizo Marsh -que era un tipo muy inteligente pero que yo creo estaba completamente loco- fue organizarlos, escribir el acta de independencia y prometerles que EE.UU. los iba a convertir en un protectorado.
Fue parte de la motivación que tuvieron en un momento dado los gunas, pero ellos resienten muchos a algunos historiadores panameños, que han puesto a Marsh como si hubiera sido el motor e instigador de la rebelión.
Yo me asesoré con varios gunas, uno de ellos historiador, profesor de la Universidad de Panamá, que me fue llevando un poco a través de la historia y quien fue enseñándome las palabras que necesitaba para poder seguir con la novela de una manera más auténtica.
Con esta obra vuelve al tema que ya trató en "Con ardientes fulgores de gloria" o su reedición, "Arde Panamá, una novela histórica sobre cómo se creó un país a expensas de otro". Sobre ello ha dicho que quiere que la historia de Panamá se conozca no solo en su país, sino más allá, "porque se han inventado muchas cosas" sobre su independencia de Colombia. ¿Cómo se ha tergiversado ese suceso histórico, según usted?
Tiene que ver con la intervención de Estados Unidos, porque protegió la separación definitiva de Panamá de Colombia con sus buques de guerra.
Los estadounidenses tenían interés, por supuesto, en la construcción del Canal de Panamá. De hecho, el tratado del Canal se firmó 15 días después de la independencia (el 3 y el 18 de noviembre de 1903, respectivamente).
A raíz de eso se han creado dos tendencias en Panamá, que no estoy seguro si persisten pero sí lo hacían cuando escribí el libro. Yo las llamo la "leyenda rosa" y la "leyenda negra".
La leyenda rosa era la que decía que Panamá no había necesitado ningún apoyo de EE.UU. y que nosotros nos habíamos independizado por nuestra propia cuenta.
Y según la negra, EE.UU. lo había hecho todo, y lo había hecho únicamente interesado en que Panamá le diera el tratado del Canal.
En la novela ("Con ardientes fulgores de gloria") cuento lo que ocurre en Panamá y simultáneamente en Washington, Bogotá y París, tres ciudades importantes en las que se gestionó lo que finalmente ocurriría el 3 de noviembre de 1903.
Mi novela histórica sobre la separación se lee hoy en Panamá como aquella que refleja lo que ocurrió. Y es así porque eso fue lo que yo me propuse.
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Paralelamente, sus novelas panameñas en conjunto exploran la identidad nacional. En varias ocasiones usted ha hablado de que Panamá es un país cuya identidad ha sido difícil de concretar, de consolidar. ¿Por qué?
El de la identidad de Panamá es un problema recurrente.
Hace apenas un año leí que en un periódico francés se referían a Panamá como "ese país creado por Estados Unidos para construir un canal".
Como aquí fracasó (Ferdinand de) Lesseps, que había venido de triunfar en Suez y era un personaje muy reconocido, los franceses tratan a Panamá de una forma muy peyorativa. Así se ha reflejado a lo largo de la historia.
[Diplomático y empresario, Lesseps impulsó dos de las obras de ingeniería civil más relevantes de la segunda mitad del siglo XIX: el Canal de Suez y el Canal de Panamá. Concluyó el primero en 1869 y recibió muchos méritos y honores por ello, pero la suspensión del segundo en 1889 provocó la repulsa de su país y condujo a uno de los mayores escándalos financieros en la Francia de finales del siglo XIX].
Eso, a su vez, ha hecho que la identidad de Panamá haya estado siempre cuestionada, como "el país creado por Estados Unidos".
Pero le doy un dato interesante, que aparece también en mi novela sobre la separación de Panamá de Colombia.
Cuando (el presidente Theodore) Roosevelt tuvo que ir a defender en el Congreso de EE.UU. su intervención en Panamá, se preparó muy bien e hizo una relación de todas las veces que, a lo largo del siglo XIX, Panamá se había separado de Colombia pero que tuvo que volver por no tener ejército.
Lo contó de forma muy prolija para que los senadores se dieran cuenta de que él lo único que hizo fue reafirmar lo que Panamá ya venía tratando de lograr a lo largo de 100 años, que fue el tiempo que estuvimos nosotros sometidos a Colombia.
Eso es parte de la historia, pero todo eso ha devenido en cuestionamientos.
Panamá se independizó de España sin derramar sangre. Se independizó de Colombia sin derramar sangre. Pero aparentemente el derramamiento de sangre es imprescindible para que se considere que los países han hecho lo necesario para lograr su independencia. Y eso no es así.
No hay nada peor que una guerra. Eso lo sabemos, y es lo que va a pasar en noviembre en Estados Unidos: que los estadounidenses se lo van a recordar a su presidente.
[En noviembre se celebran en EE.UU. las elecciones de medio mandato, en las que se renueva parte del Congreso. La guerra en Irán podría ser factor contra el Partido Republicano del presidente Donald Trump]
Y ahora que ha venido usted al presente, ¿cómo analiza con perspectiva histórica el momento que atraviesa Panamá y el Canal bajo el gobierno actual de Estados Unidos?
Yo creo que es una cuestión muy circunstancial. No conozco ningún otro personaje político estadounidense que hubiera actuado como ha actuado Trump, y no sólo en relación a Panamá, también en relación con Groenlandia, Europa, ahora con Irán, etcétera.
Él es un gran negociador, lo ha sido todo el tiempo y ha estado usando el poder de Estados Unidos para seguir negociando, y a veces logra lo que se propone.
Entre otras, Trump tiene una controversia marcada con China. Pero cuando pelean los elefantes el que sufre es el pasto. Y en este caso el pato somos nosotros, los panameños, a quienes esto nos está obviamente afectando.
China está tomando represalias con Panamá por cosas que los estadounidenses han obligado a los panameños a hacer y los estadounidenses están tomando represalias contra Panamá por cosas que algunos panameños han hecho para defender la soberanía de su país.
Pero esto es circunstancial. No va a cambiar la historia, ni de Panamá ni de Estados Unidos ni de China, ni de Groenlandia ni de Dinamarca ni de ningún país. Va a pasar cuando pase Trump, no se va a quedar así.
Porque si se queda, se acaban los Estados Unidos. Se lo digo en el sentido en el que lo conocemos nosotros, como el país que salvó a Europa de los nazis etcétera.
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Para nosotros los panameños vuelve a ser un tema de identidad. Vuelve a ser un tema en el que remarcar que nosotros tenemos rasgos de identidad antes que todos los demás países americanos, porque aquí empezó la conquista y la colonia.
Lo que descubrió (el español Vasco Núñez de) Balboa no fue que había un mar del Sur, sino que ese mar estaba a escasas 50 millas —en ese tiempo eran leguas— del otro océano. O sea, que este era el lugar más estrecho de todo lo descubierto. Y eso es lo que ha dado a Panamá, desde ese momento, su identidad.
[El 25 de septiembre de 1513 Núñez de Balboa, acompañado por un grupo de hombres, divisó el océano Pacífico desde la cima de una montaña en la actual provincia panameña de Darién].
Ya en 1538 existen estudios de los españoles ordenados por el rey Carlos V para ver cómo construían un canal en Panamá, usando las aguas del río Atrato. No había, por supuesto, posibilidades para hacerlo, y en vez de un canal, construyeron caminos empedrados para comunicar los océanos.
Panamá fue desde entonces la ruta por la que los españoles vinieron a conquistar y a colonizar América. Después vino el ferrocarril, en 1855, y finalmente el Canal.
Panamá logísticamente ha sido siempre un lugar de encuentro y de paso. Y eso crea identidad, además de todas las cosas que definen a los países, entre ellas, los pueblos originarios.
En ese sentido, y volviendo a ello, su novela se lee también como un intento de explicar la deuda con esos pueblos. ¿Por qué la llamó "La rebelión infinita"?
Para serle muy franco, la primera razón es que sonaba muy bien.
Pero, sobre todo, se llama "La rebelión infinita" porque el mensaje para los panameños es, efectivamente, que nosotros todavía estamos en deuda con los pueblos originarios.
Mientras esa deuda continúe, la rebelión de sus pueblos, que ocurre esporádicamente en Panamá, no como la de los gunas pero sí rebeliones, va a ser infinita.

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