Enrique Ric Prado tiene 75 años, la voz pausada de quien ha contado esta historia muchas veces y una costumbre incómoda: la de decir en público cosas que la mayoría de la gente con su currículum prefiere guardarse. Se retiró de la Agencia Central de Inteligencia de EE UU (CIA) en 2004 con un rango equivalente al de general de dos estrellas, después de 24 años en la agencia y de haber sido, según cuenta, el primer oficial hispano con credenciales paramilitares que tuvo el departamento. Hoy vive tranquilo, dedicado a su familia y a dar charlas sobre el libro de memorias que publicó en 2022, Black Ops: The Life of a CIA Shadow Warrior.
Recibe a EL PAÍS en el Museo Americano de la Diáspora Cubana de Miami, y cuando se le pregunta por Cuba, el país que dejó siendo un niño, se inclina hacia delante, consciente del calibre de lo que está diciendo. Cree que, en cuanto termine la guerra con Irán, la Casa Blanca volverá su atención hacia la isla caribeña, y que la combinación entre Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, “le ha dado el empuje” a algo que llevaba décadas estancado.
Prado nació en Cuba en 1950, en Manicaragua, un pueblo al pie de la Sierra del Escambray donde el Che Guevara estableció su frente guerrillero. Recuerda la primera balacera que vio en su vida, siendo muy pequeño y al cuidado de una niñera, mientras escuchaba “gente tirando y cayendo”. Cuando triunfó la Revolución, el cambio fue “muy brusco”, dice.
Sus padres se enteraron por un familiar de que estaban en una lista para ser enviados a la Unión Soviética. Fue entonces cuando lo inscribieron en la Operación Pedro Pan, el programa de la Iglesia católica y el Gobierno de Estados Unidos que entre 1960 y 1962 sacó de Cuba, solos, a más de 14.000 niños. Prado llegó al país norteamericano sin hablar una palabra de inglés y pasó varios meses en un orfanato en Colorado.

Ya adolescente en el sur de Florida, se alistó en la Fuerza Aérea con la intención de ir a Vietnam. No llegó a tiempo. Para cuando terminó su entrenamiento como paracaidista de rescate, la guerra se acababa. Se quedó en la reserva, trabajó como rescatista y en 1974 escribió a mano una solicitud para entrar en la CIA. Se la rechazaron.
“Me contestaron con una carta diciendo que no estaban buscando gente como yo”, recuerda. La llamada le llegó seis años después, en 1980, cuando la Administración republicana de Ronald Reagan decidió apoyar a la guerrilla contrarrevolucionaria nicaragüense contra el Gobierno sandinista y se topó con un problema: “La agencia no tenía un solo hispano que tuviera las credenciales paramilitares que tenía yo. Me llamaron y, como dice el dicho, el resto es historia”, resume.
Pasó los siguientes años entrenando a los Contras en campamentos remotos en la frontera entre Honduras y Nicaragua, y más tarde sirvió en El Salvador, Filipinas y Corea del Norte, siempre en misiones de contrainsurgencia y contraterrorismo. Aquellos años tuvieron también un coste humano que organismos de derechos humanos han documentado con detalle. Human Rights Watch denunció que los Contras cometieron secuestros, torturas y ejecuciones sistemáticas contra la población civil nicaragüense, en una guerra que dejó entre 30.000 y 50.000 muertos, según varios organismos, a lo largo de los años ochenta.
En El Salvador, donde Prado llegó a la estación de la CIA en 1986, el saldo de la guerra civil fue aún mayor: cerca de 75.000 civiles murieron, la mayoría a manos de las fuerzas de seguridad y los escuadrones de la muerte, como los responsables de la masacre de El Mozote de 1981, cuando un batallón entrenado por Estados Unidos mató a más de 800 civiles. Más de una cuarta parte de la población salvadoreña acabó desplazada o exiliada, un éxodo que se integró a comunidades en Los Ángeles y otras ciudades estadounidenses.
También en Filipinas, donde Prado dirigió operaciones contra el Nuevo Ejército del Pueblo, distintos organismos documentaron ejecuciones extrajudiciales y desapariciones atribuidas tanto a la guerrilla como a las fuerzas de seguridad que Washington respaldaba.
En enero de 1996, el exoficial se incorporó a la unidad original que la CIA creó para rastrear a Osama Bin Laden, años antes de que ese nombre significara algo para el gran público. “Para 1997 ya teníamos toneladas de inteligencia sobre lo que él estaba haciendo, sobre los campamentos donde entrenaban a sus hombres. Formulamos planes para actuar pero, por desgracia, políticamente no hubo el foro para hacerlo. No se manejó bien el tiempo y se perdió una gran oportunidad, porque si hubiéramos podido neutralizarlo de cualquier forma en 1997 o 1998, hoy sería un mundo muy diferente”, dice el experto en inteligencia, que también estuvo al mando del Centro de Contraterrorismo durante los atentados del 11-S como jefe de operaciones.
Precisamente este centro impulsó el programa de detenciones e interrogatorios que llevó a la CIA a abrir cárceles secretas, las llamadas “black sites”, en varios países. Según el informe que el Senado de EE UU hizo público en 2014, al menos 119 detenidos pasaron por esas instalaciones entre 2002 y 2008, y 39 de ellos fueron sometidos a las llamadas técnicas de interrogatorio reforzadas, el eufemismo con el que la agencia denominó métodos como el submarino simulado, que reproduce la sensación de ahogamiento; la privación de sueño prolongada, hasta 180 horas seguidas en algún caso; el confinamiento en cajas de dimensiones reducidas o las posturas de estrés mantenidas durante horas.
Al menos 26 de los detenidos, concluyó el propio informe, estaban retenidos por error. Esa misma etapa incluyó el traslado clandestino de sospechosos a terceros países y el arranque del programa de eliminación de mandos de Al Qaeda con drones, que en los años siguientes provocó cientos de muertes de civiles, según cifras recopiladas por organizaciones como Amnistía Internacional.
Tras retirarse de la CIA, en 2012 el periodista Evan Wright recogió en su libro How to Get Away with Murder in America que Prado había sido durante años el hombre de confianza de un narcotraficante y figura del crimen organizado cubano en Miami a quien conoció en el instituto. De acuerdo con su investigación, Prado llegó a estar vinculado a al menos siete homicidios cometidos en la ciudad entre los años setenta y ochenta. Un detective de Miami citado en ese reporte llegó a describir a Prado como “técnicamente un asesino en serie”.
La policía y el FBI construyeron durante años un caso de crimen organizado y homicidio en su contra, con un borrador de acusación de 30 páginas que nunca llegó a presentarse porque, según los investigadores citados por Wright, el caso se abandonó cuando Prado se incorporó a la CIA. El propio detective Mike Fisten sostuvo que la agencia “se opuso con uñas y dientes” cuando trataron de interrogarlo, y calificó de “error judicial” que nunca fuera procesado. Prado nunca fue acusado formalmente de ningún delito.
Sobre Cuba, sin rodeos
Hoy, es en su país de origen, Cuba, donde el veterano, pese a llevar dos décadas retirado, más se explaya. Sostiene que Estados Unidos “tiene gente en Cuba” y que ante el presidente Trump se han presentado numerosas opciones de acción encubierta, recordando que la CIA es, “por diseño institucional, la tercera opción” del Gobierno estadounidense, después de la diplomacia y la fuerza militar.
Sobre la reciente visita a La Habana del director de la CIA, John Ratcliffe, la interpreta no como un gesto diplomático, sino como una señal estratégicamente calculada por la Casa Blanca. “Lo que tiene Trump es que él siempre está jugando al ajedrez y el resto del mundo está jugando damas chinas”, señala. “Que tenemos información de Cuba, claro que sí. Que tenemos gente en Cuba, estoy seguro de eso. Y estoy más seguro todavía de que le han puesto delante del presidente muchas opciones, como si fuera un menú de restaurante. Todo es viable”, recalca.

El exjefe de operaciones, que sirvió en la CIA durante los últimos tramos de la Guerra Fría y vio de cerca cómo se desmoronó el bloque soviético, traza un paralelismo de la situación actual de Cuba con ese momento histórico. “Lo mismo nos pasó a nosotros con los soviéticos. Antes de que se cayera el muro, cuando vimos que la Unión Soviética estaba empezando a romperse, empezamos a hablar con rusos en todas partes del mundo, porque nosotros no íbamos a tratar de reclutar a alguien dentro de su país. Los rusos que estaban destacados afuera, trabajando, esos eran el objetivo. Les decíamos: si trabajas conmigo ahora, tienes casa en Virginia, un Mercedes, un Rolex y dinero en el banco. Y hubo un sustancial reclutamiento de soviéticos que dijeron: ‘El barco se está hundiendo, déjame coger esta soga”.
Para Prado, el hecho de que el pueblo cubano esté protestando abiertamente contra el Gobierno de la isla es un fenómeno que merece más respaldo de Washington, incluida la posibilidad de dar a los manifestantes “la capacidad de defenderse ellos mismos”. Y vuelve a insistir en que, en cuanto se resuelva la crisis con Irán, la isla será la siguiente en moverse.
La pregunta obligada es si, viendo esos movimientos desde fuera, siente ganas de volver a la acción. No lo esconde: admite cierta “morriña” y reconoce que, si lo llamaran mañana, no diría que no. Pero matiza rápido: ya no va a estar tocando puertas. “Esta etapa de mi vida pasó”, asegura. “Ahora tengo familia”.
Sesenta y cinco años después de salir de Manicaragua en un avión con destino a un país completamente desconocido para él, Ric Prado sigue de guardia, aunque sea desde la distancia. Antes de despedirse, en la sala del museo que guarda la memoria de exiliados como él, está esperanzado con la idea de que, ahora sí, “Cuba es la próxima manzana que va a caer del árbol”.









