Mi padre vino a España en los años sesenta. Venía de República Dominicana, donde había nacido. Desembarcó en Barcelona y se enroló en la clínica Barraquer, atraído por las virtudes del sistema oftalmológico español.
Mi padre era un hombre de raza negra y orgulloso de serlo, y así me lo contaba:
–Cuando iba al Eixample a recoger a mi novia, que es tu madre, los vecinos se asomaban a mirarme.
A mi padre las cosas le fueron bien, se quedó en la Barraquer, se casó con Montse, mi madre, y comieron perdices.
Luego empezaron a tener hijos, entre quienes por supuesto me incluyo, y para aligerar trámites burocráticos y derivadas, mi padre, orgulloso de ser dominicano, optó por nacionalizarse también español, también orgulloso de serlo.
Los hijos entre quienes me incluyo nacimos aquí, y aunque nuestra piel tiene un tono oscuro, somos hijos de un español y una española y tantos años más tarde, aún me asombro cuando alguien me pregunta:
–Pero, ¿de dónde eres?
–De aquí.
–Ya, ya, pero…
–Soy de aquí, español o catalán o lo que prefieras, me da igual. Soy de aquí.
Si me preguntan de dónde soy, corto la historia con una broma, pero me guardo qué pienso del interlocutor
Cuando la conversación avanza en estos términos, corto la historia con alguna broma tontorrona y a otra cosa mariposa, pero en realidad me reservo mi opinión, jamás le digo al interlocutor qué pienso de él.
Lo que pienso de él, lo escribo aquí.
Pienso que es un tarugo.
Y pienso que es ser sin luz o un prejuicioso o un racista o todas esas cosas a la vez, y que por lo tanto, no está preparado intelectualmente para entender nada de lo que le explique. Y que por lo tanto, no está preparado para ser, por ejemplo, un presidente del Gobierno.
Más allá de lo que piensen los jugadores no franceses de la selección francesa, me pregunto qué estarán pensando Lamine Yamal, Nico Williams o Aymeric Laporte, por citar tres que, desde la visión de Mariano Rajoy, podrían ser no españoles pero resulta que lo son, son españoles.
Soy de aquí, le repito a mi interlocutor sin darle más explicaciones y me repito también a mí mismo, pero tanto resquemor me mosquea, y por eso también tengo el DNI y el pasaporte dominicanos y también los tiene mi hija, que es oscura como yo y de vez en cuando aún se come algún sapo xenófobo, quién lo iba a decir a estas alturas.
Al fin y al cabo, todos somos ciudadanos universales, o así es como deberíamos vernos y sentirnos, y no escuchar tanto a nuestros ex presidentes del Gobierno, madre mía, porque no se salva ni uno.








