
El “formato Shell Bay” es una expresión que difícilmente pasará a la historia.
Bautizado en honor a un campo de golf de 150 acres y un complejo residencial de lujo propiedad de Steve Witkoff, este término surgió el jueves para designar la siguiente fase de los esfuerzos del Gobierno de Trump por poner fin al mayor conflicto en Europa desde la década de 1940.
Jared Kushner, magnate inmobiliario y compañero de Witkoff como enviado de paz, utilizó el término el jueves en una farragosa publicación en X, en la que sugirió que era necesario un acuerdo de paz de amplio alcance en Europa. “Durante más de 30 años, Europa y Rusia han tenido dificultades para establecer un marco de seguridad sostenible”, escribió.
El presidente Trump reforzó esta idea el jueves, tras reunirse en la Casa Blanca con Kiril Dmítriev, enviado de Moscú. “No puedo revelar lo que hemos tratado. Pero les aseguro que será un gran acuerdo”, afirmó. “Abarcará algo más que Ucrania; incluso podría decir que quizá involucre a toda Europa”.

Tres funcionarios europeos contactados por CNN el viernes por la mañana desconocían qué se referían Kushner o Trump. En declaraciones a Jack Tapper, de CNN, el viernes, el presidente de Ucrania, Zelensky, dijo que conocía pocos detalles de la propuesta y advirtió que no sería algo sencillo.
La publicación de Kushner ensalzaba cinco objetivos clave: “consultas permanentes sobre seguridad, comunicaciones fiables durante las crisis, mayor transparencia militar, medidas recíprocas para reducir los riesgos de escalada y un marco duradero para la seguridad y la estabilidad de Europa a largo plazo”. Afirmaba que la OTAN sería clave, aunque lo anterior parece sugerir un papel menor para la alianza, de la que Estados Unidos es miembro fundador e insustituible.
En dicha publicación, la ambiciosa y confusa retórica de Kushner omitió toda mención a la invasión rusa de dos de sus países vecinos, así como a las dos guerras libradas en Chechenia durante ese mismo periodo postsoviético. Por otra parte, el planteamiento sugería que cualquier acuerdo serviría como complemento a la OTAN, en lugar de socavar su propia razón de ser.
Altos funcionarios de la OTAN y de Europa se reunieron en Bruselas durante las últimas 72 horas para abordar las preocupaciones económicas y de seguridad en torno a Ucrania, antes de las conversaciones entre Rusia y Ucrania encabezadas por Estados Unidos que se celebrarán la próxima semana en Abu Dabi.
Allí, Estados Unidos intentará reactivar las conversaciones para resolver el conflicto. Moscú ha enviado a Vladimir Medinsky para encabezar su delegación, se trata de un diplomático aficionado a las disertaciones históricas cuyo nombramiento ha llevado a muchos a pensar que el Kremlin pretende retroceder el reloj hasta mayo de 2025, cuando se celebraron las últimas conversaciones de este tipo.

En realidad, meses de conversaciones en Miami, Abu Dhabi, Alaska, Estambul y Ginebra solo han demostrado una cosa: Moscú quiere que se cumplan sus objetivos bélicos antes de poner fin a la guerra.
Sin embargo, el “formato Shell Bay” —que no hace referencia a una empresa ni a un juego, sino a una bahía— surge en un momento en el que Trump, abatido y debilitado tras las elecciones intermedias, se enfrentará pronto a mayores obstáculos en su agenda interna; es posible que, por ello, busque forjar su legado en la política exterior, un ámbito en el que cuenta con mayor margen de maniobra.
Es menos probable que Irán sea el foco de una acción desafiante, dado que Trump y muchos destacados republicanos atribuyen a la guerra la contundente derrota electoral de esta semana. Alcanzar algún tipo de paz en Ucrania resulta, tal vez, una alternativa más atractiva. Es posible que Trump vea, a través de su constante acercamiento y su sintonía con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, una oportunidad para transformar verdaderamente el orden mundial, enriquecer a un selecto grupo de estadounidenses y liberar a Estados Unidos de la carga que supone apuntalar la compleja seguridad europea.
Resulta revelador que Trump se reuniera únicamente con el enviado ruso, Dmítriev, a pesar de que tanto Kyiv como Moscú enviaron delegaciones a la Casa Blanca para reunirse con la primera dama el jueves. Este inversionista, que habla inglés y se desenvuelve con gran soltura, ha promovido diversos acuerdos comerciales como complemento a la mejora de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos; ante esto, los investigadores demócratas se han cuestionado si el círculo íntimo de Trump podría obtener beneficios de tales tratos.

El repentino regreso de Ucrania a la agenda de Trump ha provocado inquietud en las capitales europeas. Un funcionario europeo me comentó: “Ahora que los resultados de las elecciones intermedias hablaron, es inevitable que Trump centre su atención en Ucrania”. La mayoría tiene una visión realista: ningún acuerdo puede imponerse simplemente a Ucrania —ni a Europa— sin su consentimiento. “La necesidad que tiene Ucrania de sus socios europeos (tanto durante la guerra como después) pesa más que verse obligada a aceptar un acuerdo dictado por Rusia, incluso si Trump intenta presionar en ese sentido”, señaló el funcionario.
El riesgo afecta a la moral y al clima de los últimos 18 meses de Trump en el cargo. El invierno que le espera a Ucrania —ya afectada en Kyiv por cortes de agua, telefonía móvil y electricidad— podría quedar expuesto a nuevas restricciones inexplicables a la asistencia técnica y de inteligencia de Estados Unidos, como ya hemos visto en meses anteriores. Europa podría enfrentarse a un aumento del sabotaje y de las provocaciones de zona gris por parte de Moscú.
El riesgo no es que los miembros de la OTAN —excluyendo a Estados Unidos— y Ucrania cedan de repente o acepten limitaciones en su propia defensa. Si la historia sirve de referencia, 18 meses es un periodo realmente breve, considerando los plazos diplomáticos rusos, para concretar cualquier tipo de acuerdo.
Lo que podría amenazar este período de posible acercamiento entre Estados Unidos y Rusia puede ser más peligroso: que Putin interprete una negativa de EE.UU. a acudir en ayuda de Europa o Ucrania como otra razón para intensificar el conflicto y perseguir despiadadamente el resultado en el campo de batalla que pretendía obtener con su guerra elegida, pero que cinco años de invasión y dos años de Trump no han logrado darle.
Las menciones de Kushner y Trump a un posible acuerdo podrían no significar nada. Sin embargo, abren una breve ventana de mayor oportunidad para un Kremlin cada vez más presionado. Y eso podría tentar a los dirigentes rusos a asumir riesgos aún más temerarios.













