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Henry Aguilar nunca se había considerado pobre. Su casa de cemento sostuvo toda la vida a su mujer y sus cuatro hijos, a los que alimentó diariamente con los frutos de los 19 palos de marañón, zapote y tamarindo, la hectárea de maíz y maicillo y la pequeña parcela de frijoles. El agua siempre escaseó, pero no faltó. El líquido terminaba brotando de uno de los 12 pozos comunitarios y con eso se apañaban para lavar la ropa, refrescar a las gallinas y bañar a los bebés.
Pero entonces llegó el fenómeno de El Niño: el más virulento que recuerdan los abuelos. Se esfumó el agua en el municipio hondureño de El Triunfo, a 30 minutos de la frontera sur con Nicaragua, y todo empezó a hacerse cuesta arriba. Nueve de los pozos se secaron, la primera cosecha del año se perdió. Las raciones en el almuerzo se achicaron hasta desaparecer y usar la ropa limpia dejó de ser una prioridad. “Ya no duermo. Me echo en la hamaca y rezo. ¿Qué más puedo hacer?”, se pregunta Aguilar. Hace unos meses que convive con una presión en el pecho a la que cree que “le llaman ansiedad en la ciudad”. A su lado, las ollas, garrafas y cuencos de la casa mantienen el agua de lluvia que cayó hace unos días y que gastan a cuentagotas.

La sequía es la primera ficha del dominó para los campesinos. La familia Aguilar es el retrato de miles de agricultores que han visto encadenar desgracias desde que este ’superniño’ -como lo denominan ya los meteorólogos de la región- empeoró la aridez de estas tierras, ya con problemas hídricos históricos. “Nosotros vivimos de lo que cultivamos. Vendíamos una pequeña parte y con eso pagábamos todo lo demás: la escuela, la medicación, el transporte…”, narra el padre de familia. Hace 10 meses que su hija mayor no va al colegio. “¿Con qué dinero pago el mototaxi que la trae y la lleva? No puedo, de verdad que no puedo“, lamenta. Además de la cosecha, esta familia subsistía con los trabajos esporádicos de este hombre. Ahora ese jornal paga las tortillas y la sal que desayunan y cenan todos los días.
La crisis es total en Honduras. El país centroamericano tiene el 80% de su territorio bajo algún tipo de alerta (más de 100 municipios) y la capital lleva dos meses racionando el agua. Primero, cada 14 días. Ahora, cada 9. Este evento ha sacudido cualquier patrón climático y en una misma ciudad se están produciendo aluviones e inundaciones en unos barrios y sequías como nunca antes registradas en otros. Si bien para muchos hondureños de clases populares la crisis del agua no es nueva, nadie recuerda algo así. Como este campesino, cerca de 70.000 hogares de la zona han perdido entre el 75-100% de las cosechas de maíz y de frijol, según reportes de Oxfam.
A la propia Administración le faltan manos para llegar a donde hace falta. El Gobierno ha apostado por una batería de medidas puntuales que no han logrado paliar la catástrofe. Moisés Abraham Molina Guillén, secretario de Estado de la Secretaría de Agricultura y Ganadería (SAG) enumera varias a EL PAÍS: la apuesta por la estimulación de nubes para provocar la lluvia, la perforación de pozos “a toda máquina” o la entrega de semillas “exclusivamente a los campesinos que se encuentren en territorios donde el pronóstico de lluvias sea adecuado”.

Para muchos activistas como Christopher Joshua Castillo Sánchez, coordinador general de la Alternativa de Reivindicación Comunitaria y Ambientalista de Honduras, esto no es suficiente. Creen que es igual que tratar de tapar el sol con un dedo. Joshua, además, teme que esta crisis culmine con la privatización del agua. Por impedirlo, su colectivo se ha plantado en varias ocasiones ante la Alcaldía exigiendo explicaciones ante sus intentos “de entregar el control del manejo del agua potable y saneamiento a un ente privado”. A Rodney Martínez, representante de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) para Norteamérica, Centroamérica y el Caribe, sin embargo, cualquier esfuerzo le parece “positivo”.
El experto señala, además, cuatro medidas claves de adaptación para amenizar el impacto de El Niño: fortalecer las alertas tempranas y la comunicación pública, priorizar el abastecimiento de agua para consumo humano, promover ajustes en los calendarios de siembra e implementar acciones anticipatorias en comunidades vulnerables. “Tomando en cuenta que el evento sigue en desarrollo y el déficit hídrico continuará agravándose, la prioridad es atender los sectores más vulnerables de la población y hacer lo necesario para garantizar la seguridad hídrica y alimentaria”, zanja. Este fenómeno ya pone en peligro a uno de cada siete menores en la región y se espera el peor coletazo en diciembre.
El Corredor Seco es una región de Centroamérica que envuelve zonas de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua y que se caracteriza por lluvias irregulares, sequías recurrentes y una gran vulnerabilidad a fenómenos climáticos extremos. Si bien estas particularidades son naturales, el cambio climático las ha intensificado. De los 10 millones de habitantes que viven de estas tierras, la FAO calcula que prácticamente la mitad está en situación de pobreza y 2 millones de personas se encuentran en algún estadío de inseguridad alimentaria. El impacto de El Niño ha ensanchado estas cifras. En Honduras, hay 300.000 personas más que empezaron a pasar hambre del año pasado a este. Muchos de ellos son como Aguilar; todos miran al cielo a diario implorando un milagro.

“Ya no hay un adjetivo para esta sequía. El Corredor Seco no está seco, está pulverizado. Está… ¡Ya ni sé!”, lamenta tras un largo suspiro Karla Ortiz, coordinadora de proyectos de la oficina de Choluteca de la Asociación de Desarrollo Pespirense (Adepes). A su alrededor, se vislumbran decenas de calvas entre las montañas y tímidos brotes verdes. “Hace tres días que llovió unos minutos y la tierra lo aprovecha. Pero no es suficiente. Esto debería estar todo repleto de árboles frondosos y milpas altas. No así…”, cuenta la hondureña encogida de hombros.
La violencia de género aumentó un 104%
Los campesinos que trabajan la tierra son los primeros en enumerar las desgracias. Todos tienen el calendario exacto de los días en los que llovió, las jornadas de retraso en los cultivos y los centímetros exactos que le faltan a la mata de maíz, pero las mujeres de El Triunfo han cargado con un peso insostenible e injustificado. Ellas solían ser las responsables de traer agua de los pozos y cada vez cuesta más. Suyapa Aguilar se mudó de su casa a la de sus padres para no tener que caminar las dos horas hasta el río. “Quisiera migrar a Estados Unidos, pero no tengo a dónde llegar. No conozco a nadie allá”, explica. La conversación sobre emigrar está en todas las mesas del país. Siempre lo ha estado, pero la migración climática comienza a ser cada vez más común. “Antes, los hondureños se iban por la violencia de las pandillas. A eso se le sumó ahora la sequía”, reconoce Ortiz. En esta comunidad sólo hay un hogar que recibe remesas de un familiar en el extranjero. Son los únicos que han podido comprar agua este último año.
Otro de los efectos dominó que ha desencadenado la sequía es la violencia contra las mujeres, quienes han recibido en forma de insultos y golpes la impotencia de sus maridos, quienes pasan mucho más tiempo en casa de lo que hacían antes. De hecho, un informe de CARE reveló que en Choluteca, Yoro y Cortés (tres departamentos del país, dos de ellos en el Corredor Seco) el maltrato a la mujer había aumentado un 104,4% entre julio y septiembre, siendo la sequía un factor agravante. El 82% de los casos registraron más de un tipo de violencia, siendo la económica y la psicológica las más frecuentes.

Angelina García asegura que a ella no le han levantado la mano, pero no sabe cómo apaciguar la ira de su marido. “Pasa más en la casa, discutimos mucho… Él está nervioso porque no cosecha y yo porque los niños piden y piden comida y no hay. Yo les explico que no es que no quiera darles, es que no tengo”, cuenta destrozada. “Se habla del agua, pero aquí siempre nos ha faltado de todo. No tenemos servicios básicos de nada. Ni energía, ni letrinas, ni nada. Y ahora esto. ¡Lo que nos faltaba! ¿Cómo no se va a desesperar una?“, cuestiona. La preocupación está grabada en el rostro de cada uno de los vecinos.
A su lado, media docena de mujeres asienten. Todas tienen miedo de la escalada de tensión. A que ya no sólo falte el almuerzo, sino también la cena, a que tampoco puedan estudiar los más pequeños o que, los que se atrevan a migrar, vuelvan deportados a una Honduras raquítica.














