Nota del editor: Llamado a la Tierra es una serie editorial de CNN comprometida con reportar los desafíos ambientales que enfrenta nuestro planeta, además de mostrar las soluciones a esos retos. La Iniciativa Perpetual Planet, de Rolex, se ha asociado con CNN para crear conciencia y educación sobre los asuntos de sostenibilidad claves y para inspirar acciones positivas.
En las agitadas aguas del oeste de Ghana, un pescador extrae de su red una criatura plana de aspecto extraño: mitad tiburón, mitad raya.
Se trata de un pez guitarra, un “fósil viviente” cuyos antepasados nadaron en los mismos océanos del Jurásico que los dinosaurios. Hoy en día, es uno de los peces más amenazados del océano: sus aletas se venden por cientos de dólares en los mercados asiáticos para preparar sopas de lujo, un comercio que los está llevando al borde de la extinción.
El pescador mide al animal, anota el lugar de la captura y lo devuelve a las olas, ileso.
Detrás de este pequeño gesto hay una década de trabajo del biólogo marino Dr. Issah Seidu, cuya investigación ha aportado gran parte de lo que Ghana sabe sobre sus tiburones y rayas.
“Estas especies se están extinguiendo silenciosamente sin que nadie las conozca”, declaró a CNN, y explicó que las cuatro especies de pez guitarra presentes en el país se encuentran en peligro crítico de extinción.
Ahora, en su calidad de profesor universitario y fundador de la organización sin fines de lucro AquaLife Conservancy, Seidu y su equipo trabajan para concienciar a las comunidades y convertir a cientos de pescadores en guardianes de los mismos peces que antes capturaban, una labor que recientemente le valió el Premio Whitley, un prestigioso galardón internacional para conservacionistas que trabajan a nivel local.

Los peces guitarra no son tiburones, sino un tipo de raya conocida como “raya rinoceronte”, un grupo que comprende 68 especies en todo el mundo, de las cuales casi tres cuartas partes están amenazadas de extinción.
En Ghana, se cree que las rayas rinoceronte de mayor tamaño —como el pez sierra y el pez cuña, ambos de formas muy características— se han extinguido a nivel local. Las que quedan son cuatro especies de peces guitarra (el común, el de manchas blancas, el de barbilla negra y el de espinas dorsales) que constituyen el objeto de estudio de Seidu. “No queremos que los peces guitarra corran la misma suerte”, afirmó.
Los peces guitarra son increíblemente vulnerables a la sobrepesca, ya que habitan en aguas poco profundas, crecen lentamente y tienen pocas crías. Como depredadores de nivel intermedio, explica Seidu, mantienen el equilibrio de la red trófica: controlan las poblaciones de especies situadas por debajo de ellos en la cadena alimentaria y, a su vez, sirven de presa para los grandes tiburones. Si desaparecen, todo lo que les rodea corre peligro, desde los peces pequeños que consume el ser humano hasta la salud del propio océano.
Antaño abundantes y capturados para el consumo humano, los peces guitarra son ahora objeto de una pesca creciente debido a sus aletas y a la escasez de peces en las aguas que habitan.

Durante generaciones, las comunidades costeras vivieron de la sardinela, la anchoa y la caballa, capturadas mediante métodos tradicionales. En las últimas décadas, flotas de arrastre industrial comenzaron a operar en los ricos caladeros de África Occidental. A menudo utilizando redes prohibidas que también atrapan peces jóvenes antes de que puedan reproducirse, estos barcos de arrastre compiten deslealmente con los pescadores artesanales y llevan a las poblaciones de peces costeros al borde del colapso.
Sus ganancias rara vez permanecen en Ghana. La organización internacional sin fines de lucro Environmental Justice Foundation descubrió que el 90 % de estos barcos de arrastre pertenecen a empresas chinas; se trata de una “flota en la sombra” que opera bajo bandera ghanesa para eludir tasas y multas. Una ley ghanesa aprobada en 2025 busca alejar a los barcos de arrastre de la costa, pero su eficacia dependerá de que se aplique realmente.
Algunos barcos de arrastre también participan en un comercio ilegal que los lugareños llaman “saiko”: al amparo de la oscuridad, transfieren toneladas de pescado congelado —a menudo ejemplares juveniles y especies básicas de las que dependen los pescadores artesanales— a embarcaciones más pequeñas y especializadas que lo revenden a bajo precio a esas mismas comunidades. Muchos de los implicados son antiguos pescadores que encontraron más rentabilidad en el “saiko” que en sus propias capturas, cada vez más escasas.
Al desaparecer los peces pequeños, muchos pescadores se volcaron hacia cualquier captura que aún tuviera valor, incluidas las rayas guitarra; algunos incluso recurrieron a la pesca con dinamita y productos químicos para llegar a fin de mes.
En todo Ghana, solo se cocinan el cuerpo y la cola de la raya guitarra. Sus aletas se secan y se venden a comerciantes de toda África Occidental. “Si vas al mercado de aletas, verás que cada una de estas especies tiene su propio precio”, señaló Seidu.
La mayoría de las aletas llegan a centros comerciales en China. Algunas se venden como aletas de tiburón, mientras que las especies más grandes y raras constituyen una categoría propia de primera calidad, alcanzando precios de cientos de dólares por kilogramo debido a la textura que aportan a la sopa de aleta de tiburón. Este manjar culinario impulsa el multimillonario comercio mundial de aletas, que provoca la muerte de hasta 100 millones de tiburones al año, incluidas innumerables rayas guitarra.

A diferencia del saiko, el comercio de peces guitarra es legal pero está regulado bajo la protección del Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES), en parte gracias a la labor de Seidu para promover dicha inclusión.
Sin embargo, para las especies más vulnerables, el comercio se ha mantenido elevado. “En el futuro, aspiramos a lograr su inclusión en el Apéndice I, lo que prohibiría totalmente la explotación de la especie”, afirmó.
Hasta entonces, su plan consiste en romper la cadena de suministro en su primer eslabón: el momento en que se capturan los peces guitarra.
Como antiguo pescador, Seidu sabía que el sustento de los pescadores dependía precisamente del animal que él quería proteger. En 2018, comenzó a buscar su apoyo.
“Si quieres convencerlos, no puedes pedirles que dejen de pescar estos animales sin ofrecerles una alternativa”, señaló. “Me llevó seis meses lograr que algunos pescadores colaboraran conmigo”.
Temían que la conservación supusiera una pérdida de ingresos, pero la respuesta de Seidu fue aprovechar primero sus conocimientos, aplicando lo que él denomina el “modelo de pescador-biólogo”.
En lugar de considerar a los pescadores como el problema, AquaLife los forma como colaboradores: les enseña técnicas para liberar de forma segura a los peces guitarra que caen accidentalmente en sus redes, así como a recopilar datos y mapear mediante GPS las zonas de reproducción y cría, cruciales para la supervivencia de la especie.
Los datos servirán para cartografiar lo que Seidu espera que se convierta en la primera zona marina de gestión local de Ghana: un refugio administrado por la comunidad donde los peces guitarra y otras criaturas, desde tiburones hasta tortugas marinas, puedan recuperarse.
El pueblo fante de Ghana está considerado como uno de los más hábiles del continente en la pesca; recorren las costas de África Occidental y a menudo buscan capturas de gran tamaño, como el pez guitarra. Al capacitar a pescadores migrantes como ellos —un colectivo a menudo ignorado en los planes de conservación—, Seidu espera que el impacto trascienda las fronteras.
A largo plazo, fomentan medios de vida alternativos —desde la elaboración de jabón hasta la cría de caracoles comestibles— para que los pescadores dependan cada vez menos del frágil océano para subsistir. Algunos ya ganan más dinero que cuando pescaban en el mar.
Hasta la fecha, 200 personas han dejado de capturar peces guitarra o de retenerlos como captura incidental, señaló Seidu, añadiendo que dos comunidades decidieron también prohibir técnicas destructivas como la pesca con dinamita, el uso de venenos y las redes de malla fina que atrapan todo a su paso.
“Las comunidades locales no son solo beneficiarias de la conservación”, afirmó en su discurso de aceptación durante la ceremonia de entrega de los premios Whitley. “Son socios, toman decisiones y son clave para nuestro éxito”.
El modelo colaborativo de Seidu llamó la atención del jurado, según Danni Parks, directora del Whitley Fund for Nature, quien en un correo electrónico a CNN elogió su “enfoque ambicioso y reflexivo para abordar los desafíos interconectados de la pérdida de biodiversidad y la seguridad alimentaria”.
Para Seidu, salvar al pez guitarra también dependerá de lograr atraer atención y financiación hacia esta criatura marina poco conocida. “A pesar de figurar entre las especies marinas más amenazadas del mundo, el pez guitarra sigue siendo prácticamente invisible en los ámbitos de la investigación, las políticas públicas y la conciencia social”, declaró Seidu.

En mayo, estuvo en Sri Lanka para participar en Sharks International —la conferencia más grande del mundo sobre tiburones y rayas—, donde presentó su trabajo y estableció contactos con investigadores de más de 80 países que comparten un objetivo común: proteger estas especies sin poner en peligro los medios de subsistencia locales.
“Debemos sentir compasión por aquellos cuyas vidas dependen de esto”, afirmó Seidu.
En Brasil, India y Kenia, modelos similares están ofreciendo a los pescadores artesanales una alternativa distinta: incentivarles a liberar tiburones y rayas e integrarlos en el proceso de investigación.
Para dar continuidad a esta labor, Seidu está involucrando a la próxima generación. “Estoy formando a muchos estudiantes y a muchos conservacionistas que inician su carrera”, señaló. “Y sé que, en el futuro, hay esperanza para África”.







