Todo iba demasiado bien.
Reunidos en una ciudad balneario bañada por el sol a orillas de las cristalinas aguas del lago Lemán, los líderes del Grupo de los 7 dejaron a un lado meses de rencor para elogiar al presidente Donald Trump por su acuerdo preliminar con Irán. Lo calificaron de “avance decisivo” que reabriría el estrecho de Ormuz y podría encauzar al Medio Oriente hacia la paz. Además, consiguieron que Estados Unidos firmara una declaración conjunta notablemente unida sobre Ucrania, en la que se comprometían a dar un “apoyo inquebrantable” a Kiev en su guerra contra Moscú.
Entonces, el miércoles, unas horas antes de que los líderes tuvieran previsto separarse, Trump echó un poco de leña al fuego. El presidente advirtió que, si no le satisfacía el acuerdo final con Irán, podría romperlo y reanudar los bombardeos sobre el país. Si los iraníes no se comportaban como es debido, dijo, “volveremos a lanzarles bombas justo en el medio de sus cabezas”.
Las declaraciones incendiarias de Trump dejaron al resto de líderes con problemas para actualizar sus posturas. Su arrebato sobre Irán sembró nuevas dudas sobre la solidez del acuerdo, aunque Trump siguiera insistiendo en que era muy sólido. Y acabó con cualquier ilusión —como las que aún existen sobre Trump— de que los líderes europeos pudieran controlar al presidente con una mezcla de pompa, encanto y regalos.
El giro de última hora de Trump fue un recordatorio de lo que puede pasar cuando su estilo sin filtros e improvisado choca con el ritmo diplomático y la meticulosa coreografía de una cumbre internacional.
Nada reflejó mejor esos giros vertiginosos que el momento en que el presidente, que se pasó gran parte de su tiempo en Évian vendiendo su acuerdo, dio a entender de repente que quizá, después de todo, no hubiera nada que firmar esta semana.
“Toda mi vida gira en torno a los acuerdos”, dijo Trump en una rueda de prensa al término de la reunión. “Con los acuerdos pasan cosas de locos”. Añadió que, si todo salía mal, quizá le echara la culpa al vicepresidente JD Vance.
El presidente francés Emmanuel Macron, anfitrión de la reunión, intentó darle un tono positivo al resultado, sobre todo porque el gobierno de Trump, tras más de un año de apoyo tibio a Ucrania, había firmado la declaración conjunta en la que se comprometía a respaldar plenamente a Kiev. En una rueda de prensa, dijo que la cumbre marcaba un punto de inflexión en el enfoque de Trump hacia Ucrania.
“El presidente Trump ha dicho que debemos adoptar una postura mucho más firme”, dijo Macron. “Quiero celebrar de verdad el compromiso de Estados Unidos”.
El presidente de Francia se mostró más cauteloso respecto al acuerdo con Irán, señalando que aún quedaban cuestiones clave por resolver en una negociación posterior y que seguían existiendo dudas sobre sus detalles. Dijo que una misión marítima europea para garantizar la seguridad del tráfico marítimo en el estrecho estaba lista para ponerse en marcha, pero añadió que dependería de cerrar acuerdos con Irán y Omán, que se encuentran a ambos lados de la vía navegable.
“¿Resuelve todos los problemas? No”, dijo Macron sobre el acuerdo marco de Trump. “¿Hay riesgos? Sí”.
Otros líderes europeos se hicieron eco del optimismo de Macron. El canciller de Alemania, Friedrich Merz, dijo a los periodistas que la declaración sobre Ucrania era la primera de este tipo tras una reunión del Grupo de los 7 desde que Trump asumió el cargo. Dijo que enviaba un mensaje claro al presidente de Rusia, Vladimir Putin.
“Todos los socios del G7 aumentarán la presión sobre Moscú, incluso mediante nuevas sanciones”, dijo Merz. La declaración, añadió, “marca un nuevo tono” en las relaciones transatlánticas, que se han visto muy deterioradas por los desacuerdos sobre la guerra de Irán, las amenazas de Trump de arrebatar Groenlandia a Dinamarca y sus frecuentes ataques contra los líderes centristas de Europa.
Desde cierto punto de vista, esta cumbre fue un éxito: Trump se quedó hasta el final, algo que no había hecho en reuniones anteriores del Grupo de los 7, incluidas dos organizadas por Canadá. Eso fue un tributo al ingenio de Macron, cuya invitación a Trump para cenar con él en el Palacio de Versalles el miércoles por la noche, en honor al 250 aniversario de Estados Unidos, bastó para convencerlo de quedarse.
Cuando un periodista francés le preguntó si era apropiado, dado el historial errático de Trump, que Macron le colmara de tantos privilegios, defendió su enfoque como un uso inteligente del poder blando diplomático de Francia.
“Sabes, si no hubiera mantenido de forma coherente las posturas que he defendido en los últimos meses, quizá tendrías dudas sobre el equilibrio de poder, ‘sin duda’”, dijo Macron, pronunciando la última frase en inglés, tal y como hizo durante un discurso en el Foro Económico Mundial de Davos el pasado enero.
“Pero en lo que respecta a la seguridad de Dinamarca y la cuestión de Groenlandia, en lo que respecta a la integridad territorial de Ucrania y a la paz y la seguridad en Europa”, dijo Macron, “nunca fui ambiguo ni débil”.
Con tanto discurso sobre la unidad por parte de los líderes europeos, los observadores analizaron fragmentos de conversación captados por “micrófonos abiertos” para ver si las interacciones entre bastidores revelaban más divisiones.
“Volvemos a ser amigos”, dijo António Costa, presidente del Consejo Europeo, mientras posaba flanqueado por Trump y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Meloni se había distanciado de Trump tras el estallido de la guerra en Irán, que es muy impopular en Italia.
“Siempre hemos sido amigos”, insistió Meloni, sonriéndole a Trump, según las imágenes de video que también captaron el momento.
Costa tuvo otro intercambio fascinante, aunque inconcluso, con Trump. Mientras charlaban antes de que empezara una sesión, Trump se volvió hacia él y dijo: “Tú lo entiendes”, y luego añadió: “Groenlandia”.
Los micrófonos no captaron ninguna otra parte de la conversación. Eso dejó a los observadores dando rienda suelta a su imaginación sobre las amenazas anteriores de Trump de apoderarse de Groenlandia, que quizá haya sido el tema más polémico entre Estados Unidos y sus aliados europeos.
A pesar de todo el caos del último día de Trump, los diplomáticos de Estados Unidos y Europa dijeron que las cosas podrían haber sido peores.
“Si el conflicto con Irán hubiera continuado y el estrecho de Ormuz hubiera permanecido cerrado sin un final a la vista, Trump habría reprendido a los aliados por su falta de voluntad para involucrarse y ellos habrían presionado duramente a Trump por su falta de estrategia”, dijo Charles Kupchan, que formó parte del Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Barack Obama. “En cambio, el ambiente fue razonablemente bueno”.
“Claro que Trump molestó a algunos al cuestionar el impacto de la guerra en Ucrania en los intereses de Estados Unidos y al insinuar que quizá tendría que volver a bombardear Irán”, dijo Kupchan, que ahora es profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Georgetown. “Pero molestar a la gente es lo que mejor se le da a Trump”.
La reportería contó con la colaboración de Zolan Kanno-Youngs, Erica L. Green y Jeanna Smialek.
Mark Landler es el jefe de la corresponsalía en París del Times. Cubre Francia, así como la política exterior estadounidense en Europa y Medio Oriente. Es periodista desde hace más de tres décadas.







