Con la muerte de Ramiro Valdés Menéndez (Artemisa, 1932) mueren también muchos de los secretos de la Revolución cubana. Si bien jugó un papel importante en el avance tecnológico de la isla —incluyendo la introducción de internet—, su nombre está ligado a la represión contra las voces críticas. Valdés asumió la tarea de estructurar los servicios de inteligencia y contrainteligencia y fue el fundador del temido Ministerio del Interior (Minint), ejerciendo como ministro en dos períodos (1961-1968 y 1979-1985). Para sus defensores, se trata de un guardián que garantizó la supervivencia del régimen; para sus críticos y organizaciones de derechos humanos, fue el principal ejecutor de la persecución, la censura y el control social en Cuba en los albores del régimen revolucionario.
“La partida física del Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez, duele profundamente, como la de un padre”, dijo el presidente Miguel Díaz-Canel en un mensaje en la red social X. “Así lo quise y respeté siempre. Así recordaré su apoyo y consejos, su discreta colaboración y ejemplar consagración al servicio de la Patria. Cada acto de la vida del Comandante Ramiro estuvo signado por su fidelidad absoluta al liderazgo de Fidel y Raúl, a sus compañeros de lucha y al Programa del Moncada, cuya esencia justiciera defendió… Desde el asalto a la fortaleza de la dictadura en 1953 hasta el último aliento de su ejemplar vida”, dijo el mandatario.
La partida física del Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez, duele profundamente, como la de un padre.
Así lo quise y respeté siempre. Así recordaré su apoyo y consejos, su discreta colaboración y ejemplar consagración al servicio de la Patria.
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— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) June 21, 2026
Valdés murió tras meses apartado de la luz pública debido a su deteriorado estado de salud. Al momento de su deceso, todavía ostentaba el cargo formal de viceprimer ministro. Se trata de uno de los últimos hombres fuertes de la vieja guardia, superviviente de purgas y leal estratega de la ortodoxia ideológica y del ala más intransigente del aparato estatal. El periodista mexicano Gerardo Arreola, autor del libro Cuba, el futuro a debate (Editorial Debate) y quien vivió durante 16 años en La Habana como corresponsal para medios mexicanos, apunta el rasgo definitivo de su biografía: “Fue el único de la generación histórica que se mantuvo en primera fila, desde la conspiración previa al asalto al cuartel Moncada a principios de los años cincuenta, hasta el final”.
Para entender el peso político de Ramiro Valdés, hay que viajar a la Cuba de 1953. Nacido en Artemisa, una provincia cercana a La Habana, formó parte del grupo de guerrilleros del que brotó la insurrección contra la dictadura de Fulgencio Batista. Artemisa aportó, recuerda Arreola, la mayor parte de los jóvenes conspiradores que el 26 de julio de 1953 siguieron a un abogado llamado Fidel Castro en el audaz asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, convertido ya en mito fundacional de la Revolución.

Valdés resultó herido y fue capturado tras aquella gesta. Cumplió prisión en la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud) y fue amnistiado en 1955, pero su destino quedó ligado a los hermanos Castro. Formó parte de los expedicionarios que cruzaron el golfo de México a bordo del yate Granma y ascendió a las cumbres de la Sierra Maestra. Su estrecha relación con el núcleo dirigente se consolidó al ser nombrado segundo al mando de la Columna Número 8 ‘Ciro Redondo’, liderada por Ernesto ‘Che’ Guevara. Al triunfar la Revolución, aquel joven de Artemisa ya era uno de los hombres más poderosos del nuevo mapa del poder.
El arquitecto del control político
Se convirtió entonces en un hombre temido. En un contexto de máxima hostilidad internacional, marcado por la invasión de Bahía de Cochinos y el recrudecimiento de las operaciones de la CIA contra la Revolución, Valdés recibió el encargo directo de edificar los servicios de inteligencia y contrainteligencia del nuevo Estado socialista. Bajo su mando, el Minint se convirtió en una maquinaria sumamente eficaz para la neutralización de los grupos opositores internos, el desmantelamiento de las redes de espionaje y la contención de los planes de magnicidio contra Fidel Castro.
“Lo más notable en la situación actual es que es uno más de los personajes cubanos que se llevan secretos importantes a la tumba. Tuvo que saber muchísimo de todo lo que ocurrió tras bambalinas en el sistema político, en el equipo dirigente. Nunca dio una entrevista de fondo de temas políticos, de su desempeño en el Gobierno. Y no dejó, que se sepa hasta ahora, un testimonio escrito, unas memorias ni nada por el estilo”, comenta Arreola.
Manejar los hilos de la seguridad del Estado en un sistema de corte soviético conllevaba riesgos. Arreola recuerda que Valdés sobrevivió, al menos, a dos grandes purgas que en otros tiempos habrían significado el fin de su carrera política o algo peor. La primera ocurrió a mediados de los años ochenta, cuando Fidel Castro emprendió una “campaña de rectificación de errores y tendencias negativas” contra el rumbo económico que tomaba el país. Valdés fue removido de la superficie política en 1985 bajo un manto de opacidad. “Realmente nunca se supo con toda claridad por qué fue”, evoca Arreola.
Su peso en la mitología revolucionaria era tan grande que no cayó en desgracia. Fue reubicado en la gestión civil. Durante los años noventa y la primera década del siglo XXI, recuerda Arreola, se dedicó a lo que entonces era un sector estratégico: la construcción de la industria de las telecomunicaciones en Cuba y la introducción de la isla en la era de internet.
Fue en esta segunda etapa donde emergió su segunda gran crisis. Ya en los años 2000, en el Ministerio de la Informática y las Comunicaciones, Valdés supervisó el polémico proyecto del cable submarino de fibra óptica ALBA-1, tendido desde Venezuela para dotar a Cuba de una conexión soberana a internet. El proyecto estuvo plagado de retrasos, rumores de corrupción y desvíos de fondos que salpicaron a altos funcionarios. “De manera fragmentaria se supo de irregularidades en el área de telecomunicaciones cuando Ramiro Valdés estaba a cargo de ese sector”, señala Arreola. “Tampoco hubo detalles ni nada; simplemente eran períodos en los que desaparecía de la superficie, pero siempre emergía con otras tareas”, comenta el periodista.

Su muerte impacta en la retórica continuista del Gobierno cubano, que se aferra a los mitos de la vieja guardia para afirmar que la Revolución sigue viva desde 1959. Tras la muerte de Fidel Castro, su hermano Raúl, de 94 años, asumió ese rol bajo la categoría de “líder al frente de la Revolución”. De los comandantes históricos de la guerrilla apenas quedan figuras marginales, dice Arreola.
Uno de ellos es Guillermo García Frías, que está apartado de la dirigencia y fuera de la vida pública desde hace años. Otro nombre de peso es José Ramón Machado Ventura, quien, a pesar de su avanzada edad, mantiene apariciones públicas frecuentes y, en tiempos recientes, el discurso oficial ha vuelto a recalcar su condición de comandante, pero su peso simbólico está lejos del que ostentaban los hombres del Moncada, agrega el periodista.
“Esta muerte deja una interrogante sobre si seguirá habiendo alguien con esa categoría de líder histórico cuando desaparezca también Raúl Castro”, plantea Arreola. La extinción de esta vieja guardia obliga al Partido Comunista a replantearse qué símbolos promover y qué énfasis darle a un discurso de continuidad que se queda sin sus rostros originales en medio de una nueva embestida contra la Revolución orquestada desde Washington.







