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julio 1, 2026
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Familias en La Guaira: “Si la ayuda hubiese llegado a tiempo, esto no habría pasado”

Lo primero que sorprende al recorrer La Guaira no es lo que se ve, sino lo que ya no se siente. Desde el sábado pasado, el olor de los cuerpos de los fallecidos impregnaba el aire costero, obligando a quienes estuvieran allí a usar tapaboca. Sin embargo, ahora el ambiente se siente distinto. No es que el hedor haya desaparecido, es que el cuerpo, en un mecanismo de supervivencia, empieza a normalizar el horror. La mente se adapta para poder seguir caminando entre las ruinas de un estado que revivió sus peores pesadillas.

El recorrido por Catia La Mar arranca con un silencio sepulcral. La gran mayoría de las estructuras están en el suelo, convertidas en ruinas, pero lo que más sobresalta es la desolación de sus calles. No se escuchan motores de maquinaria pesada, no hay cuadrillas del gobierno levantando toneladas de escombros. Solo hay vacío y ruinas.

Al avanzar hacia el sector Puerto Viejo, el panorama se transforma en los fotogramas de la película Soy Leyenda. A ambos lados de la vía, las edificaciones colapsaron. Al alzar la mirada, las torres A y B de la residencia Belo Horizonte, en la cima, ya no se ven. Allí, entre las vigas expuestas, funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) remueven escombros buscando cadáveres. Los acompañan familiares de víctimas aferrados a la esperanza y al milagro de recuperar a los suyos.

El día anterior rescataron con vida a una mujer y su bebé. También encontraron algunas mascotas con vida. Pero el escenario sigue siendo dantesco. La sociedad civil y los vecinos son quienes, con sus propias manos, mueven el concreto. Denuncian que las autoridades y la ayuda internacional no aparecen.

Abandono institucional y terror nocturno

En la playa de Puerto Viejo, el negocio de comida de Andreína Márquez, de 37 años de edad, se ha convertido en refugio. Sobre una colchoneta en el piso, pasa las horas junto con su esposo y su hijo de año y medio. Estaban allí cuando la tierra tembló. Presenciaron el desplome de los edificios de su alrededor y aún les retumban en los oídos los gritos desgarradores de quienes quedaban atrapados entre las estructuras. 

La noche en Puerto Viejo no trae descanso, sino miedo. Sin alumbrado público y bajo oscuridad absoluta, el peligro acecha. "En la noche rondan muchos motorizados. Por lo menos yo no dormí anoche porque había gente en moto merodeando los edificios", denuncia. Asegura que estas personas no buscan sobrevivientes. “Es la misma gente de las zonas altas que no sufrieron daños, personas oportunistas que bajan a saquear lo poco que queda en los apartamentos abandonados, desconsiderando que abajo aún hay cuerpos sin recuperar”, comenta.

Según Andreína, los pocos guardias y policías que aparecen por este sector suelen dedicarse a "figurear" y tomarse fotos para los reportes oficiales. Vecinos denuncian incluso que algunas patrullas llegan con las luces apagadas a altas horas de la noche para sumarse al robo. Asimismo, reportan que las máquinas del Estado solo se activan si entre los escombros hay un "familiar pesado" o una figura de interés político. "Un bombero metió su máquina, sacó a su esposa y se fue; no sacaron a más nadie".

A pesar de haber perdido su hogar, valora la vida por encima de lo material. "La vida es lo primero, si estamos vivos ya eso es ganancia. Lo material se pierde y se recupera. Por eso nunca he sido apegada a las cosas materiales".

Solidaridad civil en Caraballeda

Al otro lado del estado, en Caraballeda, el panorama muestra otra faceta del desastre. Aunque allí decenas de edificios residenciales también se vinieron abajo, en este sector se concentra el despliegue internacional. Rescatistas de Qatar, Estados Unidos, España, México, Colombia y El Salvador caminan entre las ruinas con equipos de alta tecnología. Sin embargo, los protocolos internacionales no coinciden con la desesperación humana.

Frente al edificio Le Club, Elisa llora desconsolada. Logró salvar a su bebé y a su hija mayor, pero su hija menor quedó atrapada en el área de las escaleras cuando la estructura cedió. Elisa asegura que la joven le dio señales de vida al día siguiente del sismo, escuchó golpes contra la pared. Sin embargo, los rescatistas internacionales avanzan hacia otros puntos si sus dispositivos tecnológicos o la brigada canina no detectan signos vitales. Mientras la madre clama por ayuda y los civiles intentan levantar bloques con lo poco que tienen y como pueden, su indignación crece al ver a un gran número de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) en el campo de golf “clasificando pacientemente la ropa donada” en lugar de ayudar a remover escombros, dice.

"Si la ayuda hubiese llegado a tiempo, esto no hubiese pasado", repite Elisa entre lágrimas.

Diagonal al edificio Le Club, en la avenida Granados, está lo que queda del edificio Albatros. Un padre espera noticias de su hijo de 22 años de edad y de su nuera, quienes se encontraban en el lugar pasando los días por el feriado. Aquí el trabajo de remoción se detiene cada vez que se va la luz natural del día. La única maquinaria pesada en el sitio llegó gracias a la empresa privada donde trabaja la joven atrapada.

Este padre, que también perdió su hogar en Los Corales tras ser declarado "inhabitable", compara la situación con el desastre histórico del estado: "Esto es mucho más grande que la tragedia del 99. No dio tiempo de nada". Agradece el apoyo de los ciudadanos que se acercan con agua, aunque critica la mala canalización de la ayuda. En el campo de golf de Caraballeda, montañas de ropa donada están tiradas en el suelo.

El miedo a la delincuencia también está presente en la avenida Granados. Entre los familiares esperando por los suyos, corre el rumor de que detuvieron a un hombre que llevaba consigo el brazo de una víctima del terremoto, solo para robarle un anillo de oro. "Siempre hay un porcentaje de gente que aprovecha para hacer cosas malas, pero la inmensa mayoría ha ayudado",  reconoce el padre.

Conectividad provisional y comercios cerrados

A pesar del colapso de más de 200 estructuras, algunos esfuerzos de conectividad intentan devolver la comunicación a la costa. A diferencia de los primeros días, la señal telefónica ha mejorado gracias a las cuadrillas de Movistar y otras empresas de telecomunicaciones que instalan estaciones provisionales para desplegar redes LTE y 5G en las zonas críticas. Esto permite a los rescatistas coordinarse mejor desde su campamento base, instalado en el Karting de La Guaira, donde conviven delegaciones de Francia, Perú, Suiza, Ecuador, Brasil, la Cruz Roja Internacional, República Dominicana, Inglaterra, Argentina, España y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Mientras la ayuda internacional se organiza, las estructuras residenciales de la región quedan marcadas con letras del alfabeto. "I" en pintura en aerosol para los edificios declarados “inhabitables”, y "D" para los que es necesario demoler.

Una morgue improvisada a cielo abierto

El destino final de la tragedia se palpa en el sector Los Silos. Allí se ha improvisado una morgue a cielo abierto. En apenas veinte minutos, el portón se abrió al menos cada tres minutos para dar paso a otro vehículo con un fallecido. Los cuerpos reposan en hileras sobre el suelo. Un funcionario del Ministerio de Interior y Justicia confirma que el flujo no ha cesado. Para las familias que lo han perdido todo y no pueden costear servicios funerarios privados, el Estado ofrece traslados y cremaciones gratuitas. En esta morgue improvisada, sacerdotes caminan entre las filas de cuerpos elevando oraciones al cielo y acompañando a los familiares. 

La Guaira intenta sobrevivir de día, pero se detiene de noche. La mayoría de los comercios mantiene sus santamarías abajo por temor a los saqueos. Solo abren pequeños accesos controlados donde los ciudadanos, en largas colas, intentan abastecerse con lo básico. Es el retrato de un pueblo atrapado de nuevo en una tragedia, pero que se levanta gracias a la dignidad de su propia gente.

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