

La Gran Mancha de Basura del Pacífico parece haber dejado una huella visible desde el espacio. Un equipo de la Universidad de Bergen, en Noruega, detectó que el agua en esa zona del Pacífico Norte se volvió más brillante en las longitudes de onda azul y verde durante dos décadas.
El cambio produce un tono cian y, según sus modelos, la acumulación de microplásticos podría explicar esa alteración del color del océano.
El trabajo, publicado el 5 de noviembre en la revista Communications Earth & Environment, no establece una relación causal definitiva.
Los autores advierten que deberán tomar muestras y realizar mediciones ópticas en el área para comprobar si las diminutas partículas de plástico son la causa directa del patrón observado por los satélites.
Según el estudio, el equipo examinó registros de color oceánico tomados por satélite entre 2002 y 2022 en el giro subtropical del Pacífico Norte, entre Hawái y California.
Los autores informaron que, dentro y cerca de los límites estimados de la mancha de basura, las bandas azul y verde mostraron un aumento simultáneo de brillo frente a las aguas circundantes.
Esa combinación es compatible con una apariencia más cian. La investigación no describe un cambio uniforme en todo el Pacífico, sino una señal localizada en torno a la concentración de desechos.
La llamada gran mancha no es una isla sólida ni una superficie compacta de basura. Es una extensa región donde las corrientes del giro oceánico concentran residuos flotantes, entre ellos artes de pesca, envases y fragmentos de plástico.
La acción del sol, las olas y el desgaste descompone parte de ese material hasta convertirlo en microplásticos, partículas de menos de cinco milímetros que pueden permanecer suspendidas en el agua.
Para evaluar explicaciones alternativas del cambio de color, los investigadores realizaron simulaciones que incluyeron variaciones del fitoplancton, la materia orgánica disuelta y otras partículas presentes en el agua.
Al incorporar a los microplásticos como una posible variable óptica, el modelo reprodujo con mayor frecuencia una señal de brillo simultáneo en las bandas azul y verde, similar a la observada por satélite.
El resultado plantea una asociación compatible con la presencia de partículas plásticas, pero no descarta por completo que determinadas combinaciones de factores ambientales puedan generar un patrón semejante.
El fitoplancton, conjunto de organismos microscópicos que realiza fotosíntesis, influye de forma decisiva en el color del mar.
Los cambios en su abundancia o composición pueden modificar la luz que devuelve el océano. Sin embargo, los autores señalan que el patrón cian exige escenarios naturales menos frecuentes que aquellos en los que se incorpora el efecto óptico de los microplásticos.
Las conclusiones se apoyan en mediciones de laboratorio previas sobre cómo los fragmentos de plástico suspendidos en agua absorben y dispersan la luz.
Daniel Koestner, investigador de óptica oceánica y coautor del trabajo, y sus colegas examinaron esas propiedades para calcular qué concentraciones podrían generar una señal distinguible por sensores remotos.
Los microplásticos absorben y dispersan la luz de acuerdo con características que varían según su composición, tamaño y concentración.
El estudio evaluó si esa interacción óptica podía contribuir a un aumento simultáneo del brillo azul y verde detectado por los sensores. Esa hipótesis debe contrastarse con mediciones directas en el mar antes de atribuir la señal a las partículas plásticas.
“Tenemos este espectro específico de luz”, explicó Shea Cheatham, autora principal e investigadora doctoral de la Universidad de Bergen, en declaraciones a CNN.
La científica sostuvo que el equipo identificó una tonalidad compatible con la que suelen producir los microplásticos.
Cheatham precisó que el estudio está “a un paso” de demostrar que el plástico causa el cambio cromático. La confirmación requerirá una campaña de campo en la mancha de basura para comparar las mediciones del agua, la cantidad de partículas y la señal registrada desde el espacio. La distancia de la zona y los costos logísticos complican ese trabajo.

La detección de microplásticos desde satélites podría aportar una herramienta para estudiar contaminantes que resultan difíciles de cuantificar con los métodos actuales.
Hoy, las mediciones dependen de la toma de muestras, su filtrado y el recuento o análisis de partículas, procedimientos que requieren tiempo y recursos.
Si la relación se verifica con observaciones directas, el método podría emplearse para identificar otras áreas marinas donde se acumulan partículas plásticas.
Los satélites no sustituirían las muestras en el agua, pero permitirían localizar zonas prioritarias y seguir cambios a gran escala durante períodos prolongados.
El hallazgo también aporta una posible pista para la denominada “paradoja del plástico desaparecido”. Aunque cada año llegan al océano millones de toneladas de residuos plásticos, una fracción mucho menor fue registrada flotando en la superficie.
Parte del material puede hundirse, incorporarse a organismos o fragmentarse hasta tamaños que dificultan su detección.
La próxima etapa, por tanto, no será inferir el color desde nuevas imágenes, sino verificar qué contiene el agua que genera esa señal.
Las muestras directas en la Gran Mancha de Basura del Pacífico deberán determinar si el tono cian observado entre 2002 y 2022 coincide con un aumento de microplásticos suspendidos.













