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octubre 27, 2026
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Chanchullos en el Consejo de Derechos Humanos: regímenes como el cubano controlan el relato

El régimen cubano apenas fue cuestionado durante sesiones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU realizadas en septiembre en Ginebra. Un par de representantes de países europeos pidieron la libertad del preso político Félix Navarro, pero solo al final de sus intervenciones. La Eurocámara había aprobado pocos días antes una resolución que exigía la libertad de Navarro —quien acaba de cumplir casi 70 días en una celda de aislamiento en Matanzas— y de su hija Saylí, también prisionera política.

Los señalamientos al castrismo en una de las instancias más importantes de la ONU suelen ser fugaces y aislados. El aparato diplomático de La Habana domina el relato sobre la Isla. Lo mismo intentan hacer los representantes de otros regímenes totalitarios en cuanto a sus respectivos países. A continuación, una reseña de cómo se vivieron dos reuniones del Consejo.

La falta de pluralidad en espacios de la ONU "es una vergüenza"

"Para intervenir hay que seguir un procedimiento exhaustivo. Tienes que estar acreditado por una organización que tenga el sello de ECOSOC (Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas)", un estatus consultivo otorgado a ciertas ONG por la misma ONU, explica Diana Mendiluza, una historiadora cubana exiliada en Madrid, que integra la directiva de Raíces de Esperanza. "Nuestra organización no tiene ese sello y nos inscribió una ONG, pero Cuba y sus aliados vetaron nuestra participación", relata. 

"Los 32 Estados miembros que intervinieron defendieron al régimen cubano, lo mismo hicieron las ONG autorizadas, que hablaron todas a su favor. Responsabilizaron al embargo de EEUU de los problemas de la sociedad cubana. No mencionaron la represión contra activistas y periodistas independientes, los más de 1.000 presos políticos (40 de los cuales son menores de edad). Son 67 años de dictadura de partido único blanqueados por ese discurso. Es una vergüenza esa falta de pluralidad en los espacios de la ONU", opina.

Un alto funcionario de Naciones Unidas consultado por DIARIO DE CUBA reconoció que gobiernos como el de la Isla invierten mucho en "limpiar su imagen ante el mundo". De ahí que en determinados espacios de la ONU apenas se hable mal de La Habana y que los "agresivos" diplomáticos cubanos impongan lo que trasciende.

"Hacen un gran lobby dentro del Consejo de Derechos Humanos para salir reelegidos como miembros. Crean alianzas políticas fuertes para agrandar su plataforma diplomática y proyectarse como un actor relevante dentro del sistema de Naciones Unidas. Eso no lo podemos evitar porque son acuerdos tomados entre estados", dijo el diplomático, que pidió no fuera revelada su identidad.

Teherán no quiere que lo llamen "régimen"

Algo parecido a lo descrito por Mendiluza ocurrió el 21 de septiembre tras las intervenciones de Rusia, Nicaragua e Irán, regímenes totalitarios que, como el cubano, hacen caso omiso de los cuestionamientos de Occidente y de las ONG que monitorean sus desmanes. Algunas de estas últimas ni siquiera pueden exponer su gestión, porque los Estados miembros del Consejo vetan sus intervenciones para silenciarlas.

Irán fue duramente cuestionado. Su delegación ya no podía permitir más señalamientos, necesitaba un golpe de efecto, y varios de sus miembros interrumpieron a una representante de Australia que denunciaba los atropellos de Teherán contra mujeres y niñas. Los diplomáticos iraníes exigieron que se les dejara de llamar "régimen". Los ruidos que hicieron al golpear su mesa provocaron risas y murmullos en el Palacio de las Naciones de Ginebra.

Las performances y los insultos de diplomáticos siempre han ocupado buena parte de los momentos más recordados en la ONU, una institución que a veces trasciende demasiado por ese tipo de sucesos. Gobiernos como el de Irán prácticamente se mofan cuando son señalados por violar los derechos más elementales de sus ciudadanos. El moderador de la sesión (miembro de la misión diplomática española), atendió favorablemente la queja de Teherán y pidió que no se utilizara más el término "régimen". El incidente duró poco, pero fue revelador, pues dejó a entrever las triquiñuelas de un proceso diplomático que parece una discusión de calle por momentos. Desde hace décadas, histriónicos líderes como Hugo Chávez o Fidel Castro normalizaron este tipo de comportamientos en los espacios de la ONU.

Al mismo tiempo que sesionaba el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra, líderes mundiales se reunían en la sede de la ONU de Nueva York. Allí ocurrieron hechos similares en respuesta a discursos como los de Donald Trump o Benjamín Netanyahu. Al igual que en Nueva York, en las intervenciones en el Consejo de Derechos Humanos la información importante se diluye, los hechos se relativizan y el intercambio se centra en cómo ridiculizar al otro.

Cuando se encadenan varias intervenciones de países aliados al cuestionado, pasan largos minutos sin que la sesión llegue a ningún sitio. Los rifirrafes entre delegaciones de países no democráticos suelen copar el debate, porque son mayoría a escala global: menos del 7% de la población mundial vive en democracias plenas.

90 segundos para hablar al mundo

Todo comienza en la fila para la acreditación que da acceso al complejo de edificios de la ONU. Allí los participantes validan una credencial que solicitaron semanas o meses antes para, en el mejor de los casos, hablar al mundo durante 90 segundos.

Ginebra es una ciudad muy cara. Como solo el viaje y el alojamiento ya disparan el presupuesto, para muchos ponentes es un gran esfuerzo buscar una acreditación que les permita divulgar la realidad de un país pobre, ubicado a miles de kilómetros.

Además de los elevados salarios que perciben muchos diplomáticos, el coste de estancia de las misiones permanentes en Ginebra es un gasto grande que asumen sus respectivos gobiernos. Wise estima en 3.076 francos suizos (3.276 euros) el coste de vida mensual de una persona residente en Ginebra. Durante las sesiones de septiembre, en los pasillos y salones del Palacio de las Naciones abundaban personas con gafas, relojes, ordenadores y atuendos caros. Algunos sonreían al comprobar que los relojes de pared de cada estancia eran Patek Philippe, la misma marca de los que llevaban en sus muñecas.

El comedor principal es tipo buffet. La comida te la cobran en función del peso. Muchos participantes críticos se sientan aparte en el comedor para evitar episodios incómodos con sus rivales diplomáticos, y algunos prefieren esperar fuera del ascensor o del baño para no coincidir con ellos.

"La delegación oficial del régimen cubano estaba formada por el representante permanente y otros dos jóvenes diplomáticos", detalla Mendiluza, quien podría tener vetada su entrada a Cuba como consecuencia de su activismo. "Notamos que uno de los diplomáticos nos hizo fotos a mí y a mi compañera mientras los Estados hablaban. Se levantó de su asiento en medio de la sesión e hizo muchas fotos". Otras activistas cubanas han sido acosadas, seguidas por la ciudad o directamente atacadas por diplomáticos cubanos dentro de la propia ONU.

El tira y afloja entre aliados y críticos desvía el foco de los hechos. La autora de un informe sobre Rusia retó a las delegaciones diplomáticas de países afines al Kremlin —como Eritrea, Venezuela y Bielorrusia— a sostener un debate. Moscú apenas se pronunció sobre el documento, que resume la represión de Vladímir Putin contra opositores y activistas.

Irán fue analizado después de Rusia y culpó a EEUU de todos sus problemas, utilizando adjetivos grandilocuentes y un discurso triunfalista: "Quieren destruir nuestra civilización devolviéndonos a la Edad de Piedra, pero nuestros soldados son valientes y nuestros niños tienen una determinación firme para construir un Irán mejor después de ver cómo los misiles mataban a sus compañeros en las aulas". Teherán no mencionó la confiscación de los bienes de 240 disidentes y periodistas en plena ola de represión. Los países occidentales señalaron que la persecución de Irán contra opositores es —como la de Rusia— transnacional, y pidieron el fin de las ejecuciones, de la discriminación contra minorías étnicas y los cortes de internet.

Los intérpretes a veces no logran traducir

China también salió en defensa de sus aliados e ignoró las acusaciones de violaciones de derechos humanos vertidas en su contra en el Consejo. Dijo que desde Japón hasta Reino Unido utilizaron información falsa en sus cuestionamientos. El representante chino, bastante histriónico y con una postura retadora, protagonizó intervenciones salidas de tono a propósito del "debate interactivo" de la sesión, donde paradójicamente nadie se respondía de verdad.

Una representante de Irán fue un paso más allá y cuestionó la islamofobia y la xenofobia en territorio francés, así como la venta de armas a Israel. Nada dijo de cómo el régimen de su país vende drones a Rusia y ejecuta a mujeres por no usar correctamente un hiyab como el que ella llevaba. Rusia, en la misma cuerda, habló de la discriminación lingüística que sufren los rusoparlantes en Ucrania, pero nada dijo de los niños ucranianos que ha secuestrado desde el inicio de su invasión.

Vencido el tiempo de los diplomáticos, comienzan a hablar los representantes de las ONG, que generalmente dependen de fondos públicos o de donantes privados solidarios con su causa. Algunas deben utilizar sus intervenciones de 90 segundos para pedir el dinero que necesitan proyectos en comunidades vulnerables de países como Mali, Burkina Faso, Níger, Sudán del Sur y Yemen.

Si para un Gobierno resulta especialmente caro costear su diplomacia, una ONG tiene que hacer malabares para llevar a Ginebra a un representante de una tribu indígena latinoamericana, por ejemplo. A ese tipo de organizaciones les va la vida en hacerse escuchar dentro de la ONU para legitimar su trabajo. En contraste, el Consejo de Derechos Humanos no parece ser tan atractivo para algunos cuerpos diplomáticos, cuyos puestos permanecen vacíos. Priorizan otros eventos de la ONU y algunos, como Nicaragua, ni siquiera se plantean enfrentar las cuantiosas críticas y se ausentan durante varias sesiones.

Mientras tanto, las ONG se apiñan a ambos lados de la sala intentando contar dolorosas historias de violaciones de derechos humanos en sus breves intervenciones. Leen muy rápido sus argumentos y resaltan los puntos que consideran más importantes. La velocidad con la que exponena veces impide a los intérpretes traducir lo que dicen.

Una activista iraní exiliada denunció en un video cómo el régimen islamista ejecutó en agosto de 2026 a una prima suya. La intervención llamó la atención de muchos presentes, pero lo común es que los mensajes en formato video pasen completamente desapercibidos, porque ni siquiera quienes están en la sala son escuchados con atención. Los diplomáticos generalmente no despegan la mirada del móvil o el ordenador. Y muchos de los representantes de ONG se marchan de la sala en cuanto lanzan su alegato o pocos minutos después.

En el intercambio de argumentos, los funcionarios de la ONU solo se dedican a mediar y dar la palabra a los próximos ponentes. De ahí que exista cierta percepción en las sesiones de que los problemas de algunos países no importan a nadie, como insinuaba molesta una periodista mexicana en un evento sobre Nicaragua celebrado tras concluir la sesión del 21 de septiembre en el Consejo de Derechos Humanos.

Como dicha institución está integrada por connotados regímenes totalitarios como Cuba (y Nicaragua hasta febrero de 2025), la ONG que organizó el evento sobre el país centroamericano no pudo solicitar un espacio. De esta manera, los gobiernos proclives a ser cuestionados por sus violaciones de derechos humanos utilizan su poder diplomático para impedir señalamientos.

El caso de Nicaragua

La ONG afectada en este caso fue Raza e Igualdad, que lleva más de 20 años trabajando en países de Latinoamérica (Cuba incluida), y actualmente tiene oficinas en Washington, Bogotá y Río de Janeiro. Lo más paradójico es que varios de los ponentes del evento eran funcionarios de la ONU, que tuvieron que salir de las instalaciones para hablar de la situación de Nicaragua. Uno de ellos fue Jan-Michael Simon, presidente del Grupo de Expertos en Derechos Humanos de la ONU sobre Nicaragua, y autor de "Anatomía de la crueldad estatal", un informe que visibiliza la represión del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Simon habló de casos como el encarcelamiento y muerte bajo custodia del líder indígena Brooklyn Rivera el pasado 30 de mayo. "La versión oficial del régimen Ortega-Murillo fue muy contradictoria, por lo que tiene toda la responsabilidad del fallecimiento", explicó el experto, quien reivindicó la documentación recabada y defendió la denuncia de este tipo de represión para que "las voces de las víctimas y sus familiares lleguen a todas las instituciones internacionales".

Alexandra Salazar, presidenta de la ONG Asociación Memoria y Justicia y exiliada en Tarragona, España, dijo que 30 personas permanecen desaparecidas tras ser detenidas por los cuerpos de seguridad orteguistas. La mitad son mujeres; dos de ellas son niñas. Denunció que en los últimos 12 meses habían muerto cuatro personas bajo custodia gubernamental. 

Amaru Rui, de la Fundación del Río, denunció la desaparición de guardabosques y líderes indígenas del Pacífico nicaragüense. Explicó cómo el régimen controla y administra los territorios rurales ricos en recursos naturales, y priva a esas comunidades de las ganancias mineras que por ley le pertenecen. También reprime duramente y califica de "brujos" a los indígenas que hablen Mayangna, su lengua materna.

La cubana Rosa María Payá, miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), respaldó las denuncias hechas por los miembros de la sociedad civil nicaragüense. "Ya las fronteras nacionales no representan un límite para la represión del régimen Ortega-Murillo", alertó.

¿Dónde quedaron las denuncias? Detrás de las disputas entre delegaciones y de las maniobras diplomáticas están las víctimas cuyos casos intentan exponer las ONG. Sus historias deben competir por unos segundos de atención en un espacio donde los gobiernos cuestionados también tienen voz y capacidad para obstaculizar denuncias. El desafío va más allá de documentar los abusos: es conseguir que las instituciones internacionales escuchen.

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