Entre los principales ríos se encuentran el Yaque del Norte, el más largo del país y una arteria vital para el desarrollo agrícola de la Línea Noroeste; el Yaque del Sur , fundamental para el riego en la rica región del extremo sur; el Yuna, que drena el fértil Valle del Cibao hacia la Bahía de Samaná; y el Ozama, que baña la capital y tiene una profunda importancia histórica y comercial.
Sur Futuro y el Servicio Geológico Francés inician un estudio de las aguas subterráneas en la cuenca del Yaque del Sur.
Sin embargo, estas vitales masas de agua están experimentando actualmente una crisis ambiental sin precedentes debido a la presión antropogénica descontrolada y a la falta de políticas de saneamiento sostenibles.
La deforestación masiva en las altas cordilleras, impulsada por la agricultura de tala y quema, la producción de carbón vegetal y la ganadería extensiva, ha reducido drásticamente la capacidad de infiltración y recarga de los acuíferos, disminuyendo de forma alarmante el caudal histórico de los principales afluentes durante las sequías.
El problema de la contaminación urbana e industrial es otra de las amenazas más graves que asfixian los ecosistemas fluviales del país, especialmente en las cuencas que atraviesan grandes centros de población.
El río Ozama este miércoles. Foto | José de León.
Ríos como el Ozama y el Isabela reciben diariamente millones de galones de aguas residuales sin tratar, junto con toneladas de residuos sólidos, plásticos y desechos tóxicos vertidos irresponsablemente por comunidades que carecen de servicios básicos de recolección de basura.
Esta carga contaminante ha convertido tramos enteros de estos ríos en zonas ecológicamente muertas. Además de los problemas de contaminación y deforestación, existe la extracción ilegal e indiscriminada de áridos para la construcción —como arena, grava y piedras— directamente de los lechos de los ríos.
Esta práctica destructiva altera la morfología natural de los lechos de los ríos, destruye los hábitats de la fauna acuática, provoca una grave erosión de las riberas y aumenta exponencialmente el riesgo de inundaciones y desbordamientos catastróficos durante fenómenos meteorológicos extremos como tormentas y huracanes.
Las consecuencias de este deterioro ambiental sistémico impactan directamente en la seguridad hídrica y alimentaria del país, amenazando el suministro de los acueductos urbanos y la productividad de los principales distritos de riego agrícola.
El descenso en la calidad y cantidad del agua disponible ha generado preocupación entre los especialistas ambientales, quienes advierten que el país se encamina hacia un estrés hídrico crónico si no se implementan medidas drásticas para proteger y reforestar las cuencas prioritarias.
La protección de los ríos dominicanos requiere una fuerte intervención estatal que combine la aplicación estricta del marco legal ambiental, el cese de la minería fluvial y la construcción masiva de plantas de tratamiento de aguas residuales en todo el territorio nacional.
También es imperativo promover la educación ambiental entre la ciudadanía para sensibilizarla sobre el valor estratégico de cada gota de agua dulce. Preservar los ríos y arroyos del país es fundamental para garantizar la viabilidad ecológica y económica de las futuras generaciones de dominicanos.











