El pasado jueves hablamos aquí del laberinto de candidaturas presidenciales del PRM: de la situación puntera de David Collado, de una Carolina Mejía apurando el paso y de una Raquel Peña, que hoy es una especie de outsider interno, en plan “Senador Obama”, 10 de febrero de 2007 en Springfield, Illinois. Hagan memoria. Hablando del PLD, uno admite que vio con simpatía sus esfuerzos de renacimiento y recuperación, hasta que, como en 2020, el sector dominante —el de Medina— sacó de la chistera a Gonzalo Castillo, silente desde entonces. La crónica se agrava por el hecho de que, a diferencia de aquel momento, en 2026 en el partido morado a las víctimas de cualquier maquinación -al estilo 2019- les espera una puerta abierta pintada de verde tul en la FP. Por eso, las migraciones de peledeístas hacia la FP ya no pueden verse como aquellos amores de Tántalo y olvido, que no sobrevivieron a las caricias de una primavera ni a los poemas de un verano y sus mares. Existe un temor razonable de que lo que ocurre actualmente entre los dos PLD lleve al sector morado–Medina a un proceso de perredeización, como forma de consolidar aún más su control sobre la organización a expensas de cierta popularidad, pero con suficiente aceptación para ser determinante en una segunda vuelta que hoy ya no se ve tan imposible, porque podría ser probable.











