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agosto 5, 2026
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La frustración de Trump choca con el enigma del poder en Irán

Cuando el presidente Donald Trump dijo el lunes, de manera airada, que Irán estaba siendo “increíblemente engañoso” en sus tratos con Estados Unidos fue solo la señal más reciente de su lucha por entender a sus rivales en Teherán.

Trump se considera un maestro en evaluar y explotar a sus adversarios. Pero los líderes de Irán lo han desconcertado.

“Todo lo que hacen es hacerme enojar”, dijo a los periodistas la semana pasada. “Simplemente me hacen enojar”.

Es posible que el presidente estadounidense tenga que enfrentar más contratiempos. Funcionarios del gobierno estadounidense afirman que podría estar cerca un nuevo acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz, pero Irán continúa con la insistencia de cobrar peajes en esa zona, algo que Trump ha calificado como inaceptable.

La incapacidad de Trump para llegar a un acuerdo favorable con Irán no solo le ha costado políticamente entre los votantes cansados de la guerra, sino que los continuos conflictos en torno a la crucial vía fluvial han provocado precios volátiles del petróleo a expensas de los consumidores estadounidenses y la economía global.

Trump no es, ni mucho menos, el primer presidente de Estados Unidos que ha luchado por entender a Irán. Desde la Revolución Islámica iraní en 1979, cada uno de sus predecesores ha intentado descifrar la turbia estructura del poder en Irán y la mentalidad de su liderazgo político.

La mayoría se ha quedado corta; algunos han salido muy mal parados. Una rara excepción es el presidente Barack Obama, cuyo acuerdo nuclear con Irán en 2015 fue un esfuerzo diplomático de 20 meses. Obama lo consideró un gran logro, a pesar de las críticas de los republicanos y algunos demócratas de que Irán lo había llevado a aceptar un acuerdo defectuoso fingiendo moderación.

Pero Trump podría ser el presidente que “menos ha entendido el liderazgo de Irán”, dijo Kenneth Pollack, un exanalista de la CIA y exfuncionario del Consejo de Seguridad Nacional que ha estudiado a Irán durante décadas.

“En muchos sentidos, Trump representa el epítome de las frustraciones de Estados Unidos con Irán”, dijo Pollack. “Aunque ha sido el más deseoso de llegar a un acuerdo con Irán también ha sido el que desplegó la mayor cantidad de fuerza en su contra. Ha descubierto que con ninguna de esas cosas logró lo que quería”.

A menudo, Trump habla como si el uso de fuerza masiva pudiera lograr un acuerdo rápido.

Después de que la guerra comenzó con un ataque aéreo el 28 de febrero en el que murió Alí Jameneí, el líder supremo de Irán durante casi 40 años, Trump instó al pueblo de Irán a levantarse y “tomar el control” de su gobierno. Añadió que luego “elegiría” al próximo líder de Irán.

Otros altos funcionarios iraníes también fallecieron en ataques aéreos. Pero no surgió ningún levantamiento popular.

En cambio, el gobierno de línea dura de Irán redobló la apuesta. En marzo nombró a un nuevo líder supremo, el hijo de Jameneí, Mojtaba Jameneí. Los funcionarios estadounidenses consideran que es aún más radical —y está más interesado en adquirir una bomba nuclear— que su padre.

Irán simplemente había ignorado la declaración pública de Trump de que el joven Jameneí sería una opción “inaceptable”. Y Jameneí no respondió a una oferta pública de Trump para una reunión en persona.

Sin embargo, Trump tenía la esperanza de lograr un cambio importante. A fines de abril dijo que “Irán puede posicionarse muy bien si logran un acuerdo”. Afirmó que Irán podría convertirse en “un país legítimo, no un país basado en la muerte y el horror”.

Los funcionarios iraníes dicen que pueden negociar con Trump sobre asuntos como el estrecho de Ormuz y su programa nuclear, incluso mientras descartan muchas de sus demandas principales.

Pero en un sistema político basado en el odio hacia Estados Unidos, ninguno muestra interés en una mayor reconciliación con Estados Unidos.

Hay pocas señales de que, después de haber pasado meses negociando, Trump tenga una comprensión más clara del régimen de Irán. A lo largo del conflicto, Trump ha revisado constantemente su evaluación de Jameneí y sus subalternos. Los ha tildado de “lunáticos”, “razonables”, “locos bastardos”, “muy inteligentes” y “locos de remate”.

Hasta cierto punto, Trump está experimentando frustraciones que han atormentado a varios de sus predecesores que también esperaban lograr grandes acuerdos con Irán.

“Durante décadas, quienes formulan las políticas estadounidenses han subestimado constantemente el compromiso ideológico y la estructura de poder profundamente institucionalizada en la República Islámica”, dijo Suzanne Maloney, vicepresidenta y directora de política exterior de la Institución Brookings en Washington.

Un problema, señaló Maloney, es la poca exposición directa que han tenido los funcionarios estadounidenses con los principales líderes iraníes. Ningún funcionario estadounidense llegó a conocer al primer líder supremo de Irán, el ayatolá Ruhollah Jomeini, ni al difunto Jameneí, ni a su hijo.

Maloney dijo que la guerra parece haber fortalecido el poder del liderazgo religioso y militar de Irán, sin dejar un “centro de poder alternativo viable”.

El sistema político semidemocrático de Irán, que cuenta con un presidente y un parlamento bajo la total autoridad religiosa de su líder supremo, en ocasiones ha incluido a altos funcionarios abiertos a relaciones más amistosas con Estados Unidos.

Sin embargo, los intentos previos de Washington para acercarse a esas figuras han terminado, en su mayoría, en decepciones.

Dennis Ross, un veterano de la diplomacia en Medio Oriente que sirvió a presidentes de ambos partidos, dijo que “los iraníes parecen entendernos mejor de lo que nosotros los entendemos a ellos”.

En 1980, el presidente Jimmy Carter aprobó conversaciones secretas con el ministro de Relaciones Exteriores de Irán en un esfuerzo por liberar a los 52 rehenes estadounidenses que fueron capturados en la embajada de Estados Unidos en Teherán el año anterior.

Las anotaciones del diario de Carter lo muestran obsesionándose, de manera muy similar a Trump, con los detalles de las maquinaciones políticas de Irán, incluidas las disputas entre los principales funcionarios iraníes.

A principios de 1980, Carter creía haber llegado a un acuerdo para liberar a los rehenes a cambio de la liberación de miles de millones en activos iraníes congelados y la promesa de que Estados Unidos no iba a interferir en los asuntos iraníes, entre otras cosas.

Pero en lo que Carter calificó como “una amarga decepción”, Jomeini rechazó la idea, tomando por sorpresa a los funcionarios estadounidenses y a sus propios subordinados. Al final, Carter ordenaría una misión de rescate de rehenes que fracasó antes de finalizar un acuerdo que liberó a los estadounidenses en su último día en el cargo.

Cinco años después, el presidente Ronald Reagan ordenó a sus colaboradores que analizaran el mensaje de un traficante de armas de Irán que afirmaba que funcionarios iraníes moderados estarían abiertos a establecer lazos amistosos cuando muriera el anciano Jomeini.

En lo que Reagan definió más tarde como la búsqueda de “una apertura estratégica”, aprobó la venta secreta de armas estadounidenses a Irán a cambio de la liberación de los rehenes de Estados Unidos retenidos en el Líbano. El arreglo se convirtió en parte de lo que se conoce como el escándalo Irán-Contra porque el dinero de la venta de armas fue desviado de manera encubierta, desafiando al Congreso, a un grupo rebelde anticomunista en Nicaragua conocido como los contras.

La exposición del asunto envolvió la presidencia de Reagan en un escándalo porque varios funcionarios estadounidenses se declararon culpables o fueron condenados por delitos graves; el exasesor de seguridad nacional de Reagan intentó suicidarse.

La apertura con Irán resultó ser un espejismo. No surgieron funcionarios moderados amistosos en Teherán, y la CIA creía que el traficante de armas que lo comenzó todo era un fraude. Reagan, negando tener conocimiento de los eventos clave, se disculpó en un mensaje a la nación, al tiempo que defendía su objetivo original de cortejar a los moderados iraníes.

Una oportunidad más tangible surgió para el presidente Bill Clinton en 1997, cuando Irán eligió a un candidato reformista, Mohammad Khatami, como su presidente. Khatami hizo un llamado a mantener buenas relaciones con Estados Unidos, e incluso expresó su pesar por la crisis de los rehenes en la embajada.

Esto iba en serio.

Clinton correspondió con gestos como la restauración de las importaciones estadounidenses de pistachos y alfombras iraníes, y comentarios conciliatorios que reconocían algunas de las quejas históricas de Irán.

La secretaria de Estado Madeleine Albright incluso emitió una disculpa pública por el respaldo de la CIA a un golpe de Estado en 1953 que derrocó al primer ministro de Irán después de que este nacionalizara la industria petrolera del país, la cual estaba dominada por Occidente.

Pero partidarios poderosos de la línea dura se opusieron a la visión moderada de Khatami, en parte porque la reconciliación con Estados Unidos amenazaba los cimientos de su ideología antioccidental.

Días después del discurso de Albright, el Jameneí mayor, que se convirtió en líder supremo tras la muerte de Jomeini en 1989, desestimó sus palabras —y cualquier posibilidad de diálogo con Washington.

Más tarde, Khatami dijo en privado que Jameneí creía que Irán nunca podría hacer las paces con Estados Unidos, según Karim Sadjadpour, experto en Irán del Fondo Carnegie para la Paz Internacional.

Solo Obama ha logrado un acuerdo diplomático importante con Irán, en forma del acuerdo nuclear de 2015 que impuso límites al programa atómico iraní que duraban hasta 15 años a cambio del alivio de las sanciones económicas.

Muchos funcionarios del gobierno de Obama esperaban que ese acuerdo, negociado con otro líder iraní moderado, Hassan Rouhani, pudiera ser un primer paso hacia mejores relaciones. Pero no fue así. Jameneí aprobó el acuerdo, pero no mostró ningún deseo de llevar las cosas más lejos; los críticos dijeron que eso confirmaba sus advertencias de que Rouhani equivaldría a una repetición de Khatami.

Las sospechas iraníes de que no se podía confiar en Estados Unidos pronto se confirmaron. En 2018, Trump se retiró del acuerdo nuclear e impuso sanciones económicas aún más severas que las que estaban en vigor antes del acuerdo.

Irán respondió acelerando su programa nuclear, poniéndolo en camino hacia una violenta colisión con Estados Unidos y la guerra que Trump inició en febrero.

Ross dijo que, desde entonces, Irán ha seguido aventajando a Washington lo que se ha visto facilitado por la evidente impaciencia de Trump por concluir la guerra.

“Suelen interpretar nuestro sentido de urgencia como una forma de ventaja”, dijo Ross. “Siempre parece que tenemos prisa por hacer las cosas. Operan bajo la premisa de que el tiempo sirve a sus intereses más que a los nuestros”.

Michael Crowley cubre el Departamento de Estado de EE. UU. y política exterior para el Times. Ha reportado desde una treintena de países y con frecuencia viaja con el secretario de Estado.

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