A Guillermo Fuentes todavía le duele un costado por la fuerza que hizo para sacar el pie que le quedó pisado por una viga. El 24 de junio acababa de llegar a casa de trabajar, se había bañado y el terremoto lo agarró en la habitación. “Me puse al lado de una columna y me puse a orar, por primera vez en mi vida sentí miedo de verdad”, dice. En medio de las sacudidas sintió un vacío en el estómago y quedó atrapado, sin poder salir, con escombros encima. “El cuarto quedó al revés y tenía un pie atrapado que no me dejaba salir. Hice una fuerza enorme y lo pude sacar. Había un polvero inmenso”, relata sobre los primeros minutos tras la sacudida de la tierra. “De repente, vi un hueco de luz, como una salida. Era la sala, me fui arrastrando mientras iba sacando piedras. Me rompí las piernas”, cuenta Fuentes.
Intenta recuperarse de lo vivido desde una carpa en los campos de golf de Caraballeda, a pocos metros del edificio donde vivía con su esposa, a quien solo pudo sacar muerta diez días después de los sismos que sacudieron La Guaira y Caracas. Vivían en el piso 2 de la OPP 27 D. Es uno de los cuatro vecinos que lograron salir con vida de ese edificio de 12 pisos y 96 apartamentos. Sobre las ruinas de esas torres las familias han instalado campamentos para cavar los túneles para recuperar los cuerpos, una tarea que ya cumple un mes y que nadie sabe cuándo terminará. “Cuando logré salir del edificio ya estaba oscuro, era de noche, me sentí perdido. Vi gente corriendo con sangre y me quedé en la acera tirado como un muerto. Me recogieron al día siguiente”, recuerda Fuentes.

Guillermo Fuentes es viudo por segunda vez a los 58 años de edad. Se quiebra en llanto cuando menciona a Yeli de Fuentes, la mujer con la que se había casado hace apenas tres meses. “Nos amábamos mucho”, dice con la voz entrecortada. Él solo la perdió a ella, pero en la familia de Yeli hay 17 fallecidos. “Estoy solo, no tengo teléfono, no he podido comunicarme con mis hermanos, que viven en otros estados. Eso me tiene muy preocupado”, comenta. Dice que todavía siente temblores en el cuerpo, aunque la tierra no se esté moviendo. “No puedo creer que ya haya pasado un mes. Me he calmado un poco de lo de llorar, pero todavía siento que todo se mueve”, afirma.
Entre la ayuda que han movilizado los terremotos se cuentan redes de psicólogos voluntarios para atender a los afectados. Están en los refugios y también en líneas de primeros auxilios. Tras varias crisis y desastres que ha vivido el país en las últimas décadas, hay un músculo organizativo que está tonificado. Pero para contener el trauma y los distintos duelos que han dejado los terremotos parece que nada será suficiente. La crisis de salud mental entre los venezolanos viene como una ola tras el desastre. Lo advierten las agencias de Naciones Unidas que desde 2019 están desplegadas en Venezuela para atender una emergencia humanitaria por la crisis económica y sociopolítica y el colapso de los servicios, a la que ahora se le añaden más capas.

El ‘sismo fantasma’
Los temblores que siente Guillermo son el llamado “sismo fantasma”, que ya han comenzado a detectar los profesionales de la salud mental que están desplegados en la primera línea. “Estamos viendo secuelas de una tragedia de magnitudes inimaginables para ninguno de nosotros, que agarra a Venezuela en una vulnerabilidad enorme después de los acontecimientos de enero [la intervención militar estadounidense] y la crisis socioeconómica de años que nos ha dejado indefensos y con problemas de salud mental”, advierte Siboney Pérez, presidenta de Psicólogos Sin Fronteras. A un mes del desastre, los psicólogos están centrados todavía en los primeros auxilios porque muchas personas siguen bajo shock. “La prioridad de la gente es resolver necesidades básicas, conseguir dónde sentirse protegidos —que no es en un refugio precisamente— y la alimentación”, explica.
Para la especialista, los venezolanos deberán enfrentar duelos complejos. “No son solo pérdidas materiales y de seres queridos, sino simbólicas, de historia, de seguridad; el de aquellas personas que han quedado mutiladas y han perdido miembros”, comenta. Miedo, ansiedad, pánico, inseguridad, insomnio, angustia, agotamiento por compasión, irritabilidad, culpa e impotencia son parte de las emociones y síntomas que han recogido los voluntarios de la organización tanto en las líneas telefónicas de emergencia como en los campamentos y comunidades afectadas que están atendiendo. “Hay quienes se sienten desbordados, otros están experimentando un aplanamiento emocional”, apunta Pérez. “Esto es un trauma colectivo, por lo que se vivió y se vio, y va a tener secuelas. No se puede volver a la cotidianidad de forma rápida”, explica.

Un pastor evangélico ha acogido a Guillermo junto con otros sobrevivientes en los campos de golf, convertidos en un campamento de personas que lo han perdido todo. El hombre ayuda al pastor en las faenas y a ratos, dice, se esconde por algún lugar de la explanada para llorar. Espera conseguir algún trabajo como albañil que le permita empezar de cero. Su prioridad es comprar un teléfono para estar cerca de los suyos.
En este refugio se han desplegado ONG internacionales y nacionales para prestar apoyo. En las montañas donde antes estaban los hoyos del Caraballeda Golf & Yacht Club, ahora cruzan carros, niños, perros, filas de personas que esperan comida y militares que intentan poner orden. Entre los que acampan desde hace unos 20 días también está José González, que dirige la iglesia Águilas de Cristo de Maracay, una ciudad a dos horas de Caracas. “Me vine con mi esposa, nuestra carpa y un reverbero para hacer arepas y café. Por la mañana hacemos desayuno y en la tarde oramos por todos, los cobijamos con la palabra. Estamos tratando de darles algo de tranquilidad espiritual”, comenta.









