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julio 12, 2026
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Los artistas de Caracas se refugian en bares clandestinos para sacudirse el trauma de los terremotos

Cervezas furtivas y debates sobre el futuro: la bohemia de Caracas se lame las heridas de la catástrofe en bares clandestinos para imaginar la reconstrucción de un país en ruinas. “Te voy a comprar una birra y vamos a brindar por la vida”, le dice un hombre a una desconocida en una tasca de Bello Monte, al este de la ciudad, mientras le pide una cerveza extra al mesonero. Hay ley seca, pero el local abre a puerta cerrada por estos días, mientras termina el luto oficial y la calle intenta retomar cierta normalidad tras el doblete sísmico que ya suma más de 3.000 muertos. Los desconocidos se abrazan y sonríen cómplices, como si compartieran una historia de siempre. “En esta época la gente se está amando muchísimo. Es bueno quererse con gente linda”, comentan en la barra. “¿Te acuerdas de los bebés-pandemia? Quizá en unos meses veamos nacer a los bebés-terremoto”, dice otra mujer con la mirada fija en el brindis. Todos se ríen.

El Gobierno de Delcy Rodríguez tardó una semana en decretar oficialmente un duelo nacional de siete días, mientras los ciudadanos buscaban a sus muertos desde el primer segundo posterior a la tragedia. “El terremoto fue el miércoles y yo abrí desde el viernes, porque vivo de esto y tengo que comer. Eso sí, no pongo música por respeto. Pero la gente ve el partido y es feliz”, dice María José, encargada del bar. Lo que hacen aquí, como en muchos otros sitios, es mantener las puertas cerradas y permitir el paso solo a los clientes habituales, a los que conocen, para salvaguardar la atmósfera íntima del lugar. Es un código secreto que funciona como salvoconducto. “Está cerrado”, le espetó el otro día el portero a una pareja que llegó en moto, a pesar de que la luz del interior se filtraba hacia la calle. “¡Váyanse!”, actuaba el empleado. Así operan varios locales de la zona: se mantienen abiertos y se arriesgan a una multa con la excusa de no perder a los clientes que buscan ver el Mundial de Fútbol.

El lugar está lleno de vecinos que siguen con atención cómo Cabo Verde hace sufrir a Argentina en la pantalla. Por momentos, algunos teléfonos celulares graban tímidamente la escena, pero nadie sube nada a las redes sociales. “Mi amor, me pedí un sushi y pagué el delivery. Yo no sé nada de fútbol ni pido nunca en restaurantes, pero me merezco estar aquí porque sobreviví”, dice una mujer que sostiene el pedido de otro establecimiento. La gente sonríe ampliamente mientras se toma de las manos. En el Caribe las personas suelen buscar el contacto físico de manera natural, pero ahora esa necesidad se potencia. Estos encuentros son una celebración de la vida en pleno duelo colectivo. “Es injusto para los que quedaron vivos no honrar la vida”, apunta otro de los presentes.

Muchos de los asiduos a los bares de esta zona, desde mucho antes del terremoto, son artistas, humanistas y bohemios. “Me gusta porque hay pura gente real”, escribe uno de ellos en Instagram. La mayoría de los que asisten como parte de su rutina no están trabajando; no saben cómo reactivarse y muchos se han volcado a ayudar en diferentes organizaciones debido a la coyuntura. Pertenecen a un gremio que, aunque no se conozca del todo entre sí, utiliza la reunión no solo para acompañarse, sino para interrogarse sobre el futuro. “Los que hacen empanadas siguen vendiendo empanadas; los que venden peroles [mercancías] siguen abriendo la tienda; pero si nosotros hacemos arte, tenemos que hacerlo escondidos, sin que nadie se dé cuenta para no incomodar”, critica un productor musical.

La conversación vira hacia la sostenibilidad de los trabajos artísticos en medio del desastre. Están quienes descubren o reconectan con habilidades dormidas que los empujan a replantearse la vida desde otros espacios; quienes anhelan el momento de continuar; pero también aquellos que trabajan en museos y teatros y no pueden regresar a sus puestos porque las salas de ensayo y los espacios de creación ahora albergan a damnificados. Es el registro artístico que se necesita para que el telón no termine de caer en los escenarios venezolanos.

Otros creadores miran con admiración a quienes han formado grupos de WhatsApp para organizar funciones de danza, teatro y circo en los refugios, mientras que algunos confiesan que todavía no tienen el estómago para hacerlo. Los gestores culturales intentan obtener financiamiento de la cooperación internacional para armar programaciones que perduren en el tiempo, buscando que el voluntariado artístico no merme tras las primeras semanas. “Hay que empezar a pensar los refugios como aldeas alternativas con programación propia, porque esto va a durar mucho tiempo”, señala un tour manager en la mesa.

En esas mismas mesas están quienes sí han logrado monetizar su trabajo durante la emergencia y que, aun así, prefieren ayudar. “Yo puedo donar mi trabajo durante un mes, y después vemos”, agrega un productor de eventos que actualmente colabora con una fundación de distribución de comida en zonas de desastre. “¿Dónde puedo conseguir gas propano para mañana?”, se lee en un mensaje que le llega a su teléfono a la medianoche. De inmediato, empieza a preguntar a los que están alrededor. “Así es mi chamba por estos días”, dice.

Cervezas y debates sobre el futuro

Todos los eventos en Venezuela permanecen en suspenso. La mayoría de las productoras guardan silencio en sus redes sociales respecto a sus planes futuros. Lo que es un hecho es que, durante esta semana, las reuniones de producción se reactivaron tras bastidores para avanzar en la planificación de lo que viene. “Volví a la agencia unos días después y me pidieron cambios en la campaña de una marca como si nada hubiera pasado; por eso necesitaba desconectarme y venir aquí”, añade una productora audiovisual. “Se nos murió la chama que nos gestionaba los pasajes para las giras; se quedó atrapada en su edificio”, comenta otro mientras revisa la pantalla de su teléfono. Todo es noticia en estos días; todo es material de conversación.

En los bares se arregla la vida una cerveza a la vez. Pero en los locales donde manda la bohemia, los artistas arreglan el mundo con la profundidad de sus debates. Se repiten, una a una, las mismas frases que se escuchan en la calle cuando la gente evoca su experiencia con los dos sismos: “Sonó una cosa rarísima en el celular y no sabía qué era”, “yo me asusté”, “fue horrible”, “empezó aquella vaina a moverse y salí corriendo”. Sin embargo, el movimiento telúrico también se vuelve metáfora, conjunción astrológica, respuesta espiritual, el propósito de la existencia o una analogía sobre cómo ayudar y estar presente. Cuando hablan de política llegan al mismo punto: empiezan a notar que todos quieren un cambio, pero que quizás hace falta aterrizar esa palabra abstracta y descifrar qué significa ese término exactamente para cada uno de ellos y para el colectivo.

Están quienes intentan atajar la magnitud de la emergencia con sus propias manos y quienes defienden la importancia del diálogo para pensar estratégicamente cómo seguir, buscando generar el mayor impacto con la menor cantidad de recursos. “Tiene que haber gente que piense en lo importante y no en lo urgente: es importante cuidar nuestra salud mental; es importante que los niños sigan jugando porque eso ayuda a sanar el trauma; es importante que haya cultura, porque si no, no existimos como sociedad. Es importante que vuelva, poco a poco, la normalidad”, explicaba en una entrevista Gaby de Meneses, fundadora de la Fundación TAAP (Talleres de Aprendizaje para las Artes y el Pensamiento), una organización creada por comunicadores, artistas y maestros para promover la convivencia pacífica.

El personal trae la cuenta en un papelito, apurando un cierre temprano. Dólares, bolívares, pago móvil, el código de la tarjeta, el número de cédula. En este país todo el mundo entrega sus datos confiando en que todo saldrá bien, en que nadie va a robar a nadie, en que las deudas se pagarán y en que nada malo va a pasar. Con esa misma fe confían en que podrán reconstruir con sus propias manos el país, la cultura y sus resquicios, todavía sin dimensionar por completo la magnitud de la tragedia. Una cerveza a la vez.

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