Los ucranianos se despertaron el lunes con el ya familiar olor a queroseno, fuego y sangre. El último ataque ruso, en el que participaron 611 drones y 70 misiles, tuvo como principal objetivo Kiev. El histórico complejo monástico de la Lavra de las Cuevas de … Kiev, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, fue alcanzado por lo que las autoridades locales describieron como un ataque directo. En otros puntos del país, los principales objetivos parecían ser instalaciones de producción militar e infraestructuras eléctricas, aunque, como suele ocurrir, algunos misiles impactaron en zonas residenciales; ocho bloques de viviendas resultaron alcanzados y murieron al menos cinco personas en Kiev y unas treinta resultaron heridas. En Járkov, al menos cinco miembros de los servicios de emergencia fallecieron en un ataque deliberado de «doble impacto». Estas muertes prolongan una tendencia sombría: mayo fue el mes más mortífero para la población civil ucraniana desde 2022.
La intensificación de la guerra aérea refleja, en parte, las crecientes dificultades de Rusia sobre el terreno. Desde finales de 2025, las fuerzas ucranianas —con los drones como principal herramienta— han estado causando bajas entre las tropas rusas a un ritmo superior al que el Kremlin es capaz de reemplazarlas, lo que ha ralentizado su avance hasta casi detenerlo y, en algunos sectores, incluso revertirlo ligeramente. Este cuasiestancamiento está desplazando el centro de gravedad del conflicto desde las trincheras hacia las fábricas y las líneas de suministro situadas en la retaguardia. Ambos bandos están respondiendo con los recursos de que disponen.
Ucrania ha apostado por una campaña asimétrica basada en drones de medio alcance, utilizando nuevas armas de precisión —las más recientes, parcialmente automatizadas— para amenazar las rutas de suministro rusas. Entre otras consecuencias, esta estrategia ha provocado escasez de gasolina en la Crimea ocupada. Rusia, por su parte, ha optado por intensificar los bombardeos sobre las ciudades ucranianas. Sus objetivos son tanto militares como psicológicos: socavar la moral de la población y erosionar la confianza de los aliados occidentales en la capacidad de Ucrania para defenderse. A finales de mayo, el ministerio de asuntos exteriores ruso instó a los diplomáticos extranjeros a abandonar Kiev, pero, por el momento, ninguno se ha marchado.
Para los operadores de defensa aérea ucranianos, noches como esta son cada vez más frenéticas. En los peores momentos, las oleadas de drones y misiles convierten las pantallas de sus radares en un mar de puntos rojos. «Es como ser un portero enfrentándose a diez balones al mismo tiempo», explica un oficial, que añade: «solo tienes dos brazos y dos piernas, y no sabes cómo vas a salir de esa situación». A pesar de todo, el rendimiento de las defensas sigue siendo notable. En una noche típica, Ucrania intercepta más del 90 % de los drones y misiles de crucero que se lanzan contra su territorio. Los drones interceptores, en su mayoría de fabricación nacional, están logrando contener ataques cada vez mayores de drones Shahed, que a menudo se cuentan por centenares. Sin embargo, la escasez de interceptores antibalísticos ha convertido la defensa frente a misiles balísticos —mucho más rápidos— en una lucha cada vez más desigual: en los ataques más recientes, aproximadamente dos terceras partes de estos misiles han logrado atravesar las defensas.
De los sistemas disponibles para Ucrania, solo el Patriot, de fabricación estadounidense, ha demostrado ser capaz de interceptar de manera fiable misiles balísticos. En tres años de guerra, Ucrania ha transformado radicalmente la forma de emplear los sistemas: los lanzadores disparan y cambian rápidamente de posición antes de que Rusia pueda localizarlos, las baterías operan con menos lanzadores y las unidades móviles han tendido «emboscadas» a aeronaves rusas que creían encontrarse fuera de alcance. El Pentágono incluso ha enviado un equipo a Ucrania para estudiar estas tácticas. Sin embargo, la escasez de interceptores obliga a las tripulaciones a tomar decisiones difíciles sobre qué amenazas neutralizar y cuáles dejar pasar. Desde el inicio de la guerra con Irán, Estados Unidos y sus aliados del Golfo han consumido misiles Patriot a un ritmo extraordinario, agravando una escasez mundial ya de por sí significativa, y no se espera que las nuevas líneas de producción generen un aumento sustancial de la oferta hasta dentro de varios años. Fire Point, una startup ucraniana conocida por generar expectativas demasiado ambiciosas, asegura estar desarrollando un nuevo misil antibalístico, pero pocos conocedores de los avances creen que pueda convertirse en una solución viable a corto plazo.
Rusia está aprovechando esta situación para explotar su clara superioridad en materia de misiles. La escuela ucraniana de ingeniería de misiles quedó prácticamente desmantelada tras la caída de la Unión Soviética, en parte por presión tanto de Rusia como de Estados Unidos. Por su parte, el Kremlin mantuvo activas sus capacidades de diseño y producción. Según estimaciones de la inteligencia militar ucraniana, Rusia fabricará este año alrededor de 700 misiles balísticos terrestres Iskander, además de 60 misiles aerobalísticos Kinzhal y 30 misiles de crucero hipersónicos Zircon. Aunque la frecuencia de los ataques combinados contra Kiev se ha mantenido en cierto modo estable este año —aproximadamente, uno por semana—, los misiles balísticos y los Zircon representan una proporción cada vez mayor de estas ofensivas.
Defensa aérea
Ucrania ha intentado compensar su escasez de misiles recurriendo a ataques masivos con drones y misiles de crucero más sencillos, y ha logrado algunos éxitos destacados con incursiones de largo alcance en territorio ruso. Los ataques a principios de junio contra el puerto de San Petersburgo durante el foro económico anual que se celebra en esa ciudad supusieron una notable humillación para Vladímir Putin. Sin embargo, aunque las lagunas en la defensa aérea rusa son cada vez más evidentes, las operaciones masivas siguen siendo muy ineficaces y solo una pequeña proporción de los drones logra alcanzar sus objetivos, principalmente los modelos más rápidos capaces de superar los 350 km/h —las tasas de éxito se sitúan entre el 2 % y el 35 %, según el sistema empleado—. Ucrania ansía reincorporarse al reducido grupo de países capaces de producir en masa misiles balísticos y misiles de crucero avanzados, armas más difíciles de interceptar y más destructivas.
Actualmente, cuenta con al menos dos programas de misiles balísticos en fase de pruebas: el Sapsan/Hrim-2, desarrollado por Pivdenmash —el histórico centro de fabricación de cohetes heredado de la era soviética—, lleva décadas en desarrollo, aunque se ha visto obstaculizado por la corrupción y la infiltración rusa; y el fp-7, un proyecto más modesto de Fire Point, que combina aviónica occidental moderna con una plataforma soviética ya existente. Este último parece encontrarse más cerca de la producción en serie.
Sin embargo, fabricar suficientes misiles capaces de penetrar las defensas rusas supone un enorme desafío. Los misiles son mucho más complejos que los drones y requieren un alto grado de precisión en todos sus componentes, desde los motores hasta los sistemas de guiado terminal. Lograr que un proyectil recorra una larga distancia es una cosa, pero conseguir que impacte exactamente en su objetivo es otra muy distinta. Financiar la producción en serie podría resultar el obstáculo más difícil de superar. «No se pueden fabricar palas hoy y cohetes mañana», afirma Andriy Ryzhenko, ex segundo jefe del estado mayor de la armada ucraniana. «Ucrania tiene una tradición en tecnología de misiles, sí, pero nuestra base tecnológica lleva cuatro décadas estancada».
Los misiles ucranianos de largo alcance tendrían capacidad para amenazar la industria militar y la logística rusas
La proximidad de que Ucrania alcance ese objetivo depende de a quién se pregunte. En una entrevista concedida a medios británicos, Volodimir Zelenski insistió en que Ucrania estaba «muy cerca» de llevar la guerra balística al corazón del Kremlin. Si así fuera, el conflicto podría entrar en una nueva fase: los misiles ucranianos de largo alcance tendrían capacidad para amenazar la industria militar y la logística rusas, además de disuadir a Moscú de atacar indiscriminadamente ciudades ucranianas. Sin embargo, un experto de la industria armamentística —cuyos drones estuvieron entre los que alcanzaron San Petersburgo— recomienda moderar las expectativas. «Lo mejor que podemos esperar es un misil de sustitución», afirma, refiriéndose a un sistema improvisado a partir de componentes occidentales disponibles. Un alto mando también restó importancia a la posibilidad de que Ucrania disponga pronto de una «cadena de montaje de misiles» comparable a la rusa.







