Decenas de miles de húngaros se volcaron a la amplia avenida que ocupa el margen occidental del Danubio (en Buda) para celebrar, el domingo en la noche, la contundente victoria del partido Tisza y de su líder, el centroderechista Peter Magyar, en las elecciones legislativas. “Hoy, la verdad venció a la mentira, al Estado-partido, a los miles de millones gastados en propaganda y a los servicios secretos”, proclamó Magyar desde una tarima, mientras agitaba una bandera de Hungría y al fondo resplandecía, luminoso, el imponente edificio del Parlamento, situado en la orilla vecina (en Pest).
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“Lo logramos —agregó Magyar en la noche primaveral de Budapest—: derrocamos al régimen de Orbán y liberamos a Hungría. ¡Gracias a todos!”. Con una participación electoral récord (cerca del 80 por ciento del censo), Tisza obtuvo el 54 por ciento de los votos contra 38 por ciento del Fidesz de Orbán, instalado en el poder desde hace 16 años, y así Magyar se convertirá, en pocas semanas, en el nuevo primer ministro. Con 138 de las 199 curules del Parlamento, el futuro jefe de gobierno contará con una mayoría de más de dos tercios que le permitirá emprender las reformas que Hungría necesita con urgencia, para dejar atrás los años de monopolio del poder por parte de Orbán, con una secuela de estancamiento económico e inflación, y numerosas denuncias de corrupción en lo más alto del Gobierno.
Aparte de Orbán, duramente golpeados salen también sus aliados en el concierto internacional, desde Donald Trump y su vicepresidente, J. D. Vance (quien estuvo la semana pasada en Budapest para brindarle apoyo antes de la votación), hasta el presidente ruso, Vladimir Putin, amigo y aliado, pasando por Marine Le Pen y Jordan Bardella, líderes del RN francés; Santiago Abascal, del partido español Vox, y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, todos ellos representantes de la corriente populista, nacionalista y autoritaria en alza en estos años.
Peter Magyar se convertirá en las próximas semanas en primer ministro. Foto: EFE
Del lado de los ganadores asoma el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, contra quien Orbán sostuvo una campaña para bloquear el acceso de Kiev a la ayuda de la Unión Europea, de la que Hungría es miembro desde 2004. Hace varios años, la UE comenzó a congelar fondos de financiamiento a Hungría debido a la extensión de la corrupción en el Gobierno, y a las restricciones impuestas por Orbán a los derechos humanos, entre ellos la libertad de prensa.
La respuesta del primer ministro húngaro fue poner palos en la rueda de los programas de ayuda a Ucrania, para lo cual usó y abusó del poder de veto que cada país miembro de la UE puede utilizar ante ciertas decisiones. Por eso, ayer, el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Noel Barrot, declaró a la cadena radial RFI que con la caída de Orbán, Putin “pierde su caballo de Troya en la Unión Europea”.
También saludaron el triunfo de Magyar el presidente francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Friedrich Merz; el primer ministro británico, Keir Starmer, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, al igual que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Starmer habló de “un momento histórico no solo para Hungría sino para la democracia europea”, mientras Von der Leyen celebró que “Hungría retome su camino hacia Europa”, y Macron valoró “el apego del pueblo húngaro a los valores de la UE”.
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Magyar, un abogado de 45 años, dejó en claro el domingo, en medio de aplausos y vítores de sus seguidores, que urge desmontar el régimen al que en campaña acusó de “capturar al Estado húngaro”. Sin pelos en la lengua, exigió la renuncia del presidente de la República, Tamás Sulyok, en el cargo desde 2024 y a quien acusa de comportarse “como un títere” de Orbán. Pidió también las dimisiones de los presidentes de la Corte Constitucional y de la Corte de Cuentas, del procurador general y de la cabeza de la Autoridad de los Medios —instrumento clave de la censura—, señalados de ser funcionales a Orbán.
No será un recorrido fácil, pero Magyar cuenta con amplias mayorías parlamentarias y un sólido respaldo entre millones de húngaros que, al menos mientras dura su luna de miel, no dudarán en lanzarse a las calles para respaldarlo, y reclamar esas renuncias y los cambios que el país necesita para volver a operar como una democracia real.
Al rescate de los fondos
El nuevo jefe de Gobierno húngaro tendrá que actuar rápido y activar un programa de reordenamiento institucional que no solo recupere el equilibrio de los poderes públicos y asegure la plena vigencia de los derechos humanos, sino que permita a Budapest acceder a 18.000 millones de euros de fondos europeos, congelados por Bruselas justamente como sanción por la forma como Orbán restringió el funcionamiento democrático.
El primer ministro de Hungría, Viktor Orban (d.), y el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio. Foto: AFP
Esos fondos resultan fundamentales para reactivar una economía que lleva tres años entre la recesión y el estancamiento: en 2023, el PIB cayó 0,8 por ciento, para crecer apenas 0,7 por ciento en 2024, y 0,5 por ciento el año pasado. Por eso, uno de los primeros viajes que realizará Magyar —que debe asumir en unos 40 días— será a Bruselas, donde, no obstante las simpatías que los líderes de la UE le profesan, deberá convencer a la Comisión Europea de las bondades de su plan para redemocratizar al país.
Al referirse a este viaje, Magyar explicó que buscará “traer los fondos europeos a los que los húngaros tienen derecho”. Para lograrlo, el nuevo primer ministro no solo deberá presentar su programa de recuperación institucional, sino, muy en especial, su plan de lucha contra la corrupción, un fenómeno que se profundizó en la era Orbán, cuando se enriquecieron altos funcionarios y un puñado de oligarcas cuyas empresas y negocios resultaron sistemáticamente favorecidos por el régimen.
El nuevo primer ministro anunció en campaña dos grandes medidas para hacer posible el desmonte del aparato de corrupción. La primera es la adhesión de Hungría a la Fiscalía Europea, que, de ese modo, podrá investigar de oficio cualquier sospecha de fraude por más de 10.000 euros, cometido con fondos de la UE. Orbán se había negado una y otra vez a adherir a su país a este mecanismo de lucha contra el delito.
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La segunda es la creación de una Oficina Nacional de recuperación de bienes públicos, con la misión específica de ubicar y repatriar fondos, bienes y demás activos robados en más de década y media de régimen cleptocrático del partido Fidesz de Orbán. Magyar anunció que en esta Oficina Nacional trabajarán “los mejores juristas e investigadores penales del país”. Tanto la UE como Interpol y Europol serán llamadas a colaborar con Budapest en estas tareas. Como bien escribió en el semanario francés Le Point, este lunes, el analista Emmanuel Berretta, “los oligarcas del sistema Fidesz tendrán de ahora en adelante el sueño más ligero…”.
Pero así como sufrirán desvelos, no se darán por vencidos, como tampoco lo hará Orbán. “Durante más de década y media, Hungría ha funcionado bajo un sistema político diseñado a medida de Orbán”, explicaba este lunes, desde Budapest, la periodista Carmen Valero, en un análisis para el diario español El Mundo. “Ese sistema no desaparece con una derrota —agregó—. Permanece, incrustado en el Estado, en las redes de poder y en una cultura política que no se disuelve en una noche electoral”.
Del Gobierno a opositor
Para sacar adelante su programa de reformas, Magyar tendrá que hacer gala de la misma habilidad que demostró durante la campaña para convertirse en líder indiscutido de una oposición que hasta hace poco se sentía desesperanzada. Aprendió de política en casa, en el seno de una familia vinculada al poder y que jugó un papel importante en la transición iniciada tras el derrumbe del comunismo y la desintegración de la Unión Soviética en 1991. Su tío y padrino, Ferenc Madl, fue presidente de Hungría entre 2000 y 2005.
Personas celebran en las calles de Budapest la derrota al primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. Foto: AFP
En la década pasada y como militante del Fidesz, el partido de Orbán, Magyar fue ministro de su gabinete y embajador en Bruselas. Pero rompió con el régimen en 2024, ante graves denuncias de corrupción en el alto Gobierno y, en particular, cuando el Ejecutivo otorgó un perdón judicial al director de un orfelinato condenado por pedocriminalidad.
Magyar se había divorciado un año antes de Judit Varga, quien, como ministra de Justicia de Orbán, dio el visto bueno a la gracia judicial. Publicó un mensaje en redes sociales que muy pronto se volvió viral, en el que acusaba al Gobierno de operar un esquema de saqueo del Estado operado por altos funcionarios en beneficio de un pequeño grupo de oligarcas socios de Orbán.
Luego se afilió a la coalición opositora Tisza (el partido del “Respeto y la Libertad”, según su sigla) y pronto asumió su liderazgo, con un mensaje de unidad de todos los húngaros que deseaban poner fin al régimen autoritario y corrupto de Orbán, y que querían profundizar la adhesión del país a la Unión Europea, en contra del acercamiento a la Rusia de Putin promovido por Orbán.
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La historia moderna de Hungría está hondamente marcada por el dominio soviético, que quedó establecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Moscú asumió el control político y militar de Europa del Este. En el otoño de 1956, un masivo y espontáneo movimiento popular salió a las calles a protestar contra el régimen comunista y la opresión impuesta por los rusos, pero el levantamiento fue aplastado de manera sangrienta, con la llegada de tanques y tropas soviéticas. Por todo eso, en su discurso del domingo en la noche a orillas del Danubio, Magyar habló de una nueva “liberación de Hungría”, mientras la multitud coreaba “Europa, Europa”, y también “Ucrania, Ucrania”, antes de repetir durante varios minutos: “Los rusos, váyanse a casa”. Los meses por venir darán una indicación clara sobre si esa inmensa ilusión se vuelve realidad.



